El de la Ninfómana…

1o de Abril de 2013.

De todas las relaciones y configuraciones cambiantes que pueden darse en un bar, de todos los tipos posibles que de mujeres con quién te puedas llegar a topar —mujeres a las que estarás vinculado por unas horas a través de una botella de alcohol— con una absoluta vaguedad, absurdidad incluso, una figura se alza imponente sobre todas las demás, una sola figura: la de la ninfómana.

Apenas fabulada en historias y canciones. Como leyenda urbana. Nunca te imaginas llegar a conocer a una de verdad, sin embargo sucedió.

Marzo se fue y llegó Abril. Este mes comienza de una forma intensa e inesperada. Es que, cuando crees que ya nada, ni nadie puede sorprenderte en esta vida, de pronto aparece alguien que te sorprende.

Es lunes por la tarde y se me ocurre ir al Karaoke Bar a tomar una cerveza, por un lado para calmar mi sed y el calor, por el otro para desahogar las penas con la cantada.

Al entrar echo un vistazo rápido, escaneo el lugar,  estaba prácticamente vacío. Sólo estaban ocupadas 3 mesas. Habría, si no me fallan los cálculos unas 10 personas, más a parte los chicos que manejan el sonido y las personas que atienden la barra(un señor y una señora ya mayores).

Entré saludando en la barra, ya me conocen. De inmediato me preguntaron por Janeth, la chica asombrosa de esta primavera. Les digo que hoy vine solo, que ella le tocó trabajar. Me invento una escusa diferente con cada persona que me pregunta por ella: “Está trabajando”, “Sigue de vacaciones”, “Ya la anexaron por borracha”, “Está enferma”, “Hoy está castigada” y así… Sólo he venido aquí 3 veces con Janeth y me sorprende que ya nos tengan bien ubicados.

Pido lo habitual: Una cerveza, un cenicero y botana. Al fin estoy sentado en una mesa, la mesa 5. A mi lado, en la 6, está un grupo de chicas. Tardé un poco en darme cuenta de que el bar había cambiado un poco. Supongo que me distraje pensando en cuánto me hubiera gustado que Janeth estuviera aquí conmigo o en cualquier otro lugar. Estoy pensando en ella y casi sin querer ya le estoy enviando un mensaje a través del WhatsApp, el cuál tarda una eternidad en responder. Ya me había tomado un tercio de caguama cuando llegó su respuesta, la cual no rebasaba más allá de dos palabras, algo así como “Sí, jajaja…” o “ay, ajá…” Eso no es buena señal.

En el escenario una chica está cantando una canción de Thalía. Ya he visto antes a esa chica en este lugar. Para proteger su identidad, de momento la llamaré Laurel. Es una chica muy singular, camina siempre acá tipo la Bikina: “Altanera, preciosa y orgullosa”. Es una chica muy guapa. Hoy viene con un vestido negro largo y que permite apreciar una figura bien esculpida. Algo que llama mucho la atención es que es muy alta mínimo ha de medir 185m, contando esos tacones tan altos que trae, muy voluptuosa y sexy. Siempre que sube a cantar al escenario hace toda una serie de movimientos corporales que dan más fuerza a su actuación. Es muy expresiva arriba del escenario. No digo que cante mal, no lo sé, pero simplemente no me gusta mucho su voz. Lo que sí debo reconocer es que es muy atractiva, además de que logra contagiar ese entusiasmo y seguridad con que se maneja. Da todo un show. Literalmente.

En fin, me olvido por un rato de la diva en el escenario y voy por mi segundo terció de caguama cuando le pido al DJ la carpeta para cantar. “Ya te habías tardado…”-Me dice el tipo este, no recuerdo su nombre- “Oye, ¿Y tu novia por qué no la trajiste?”- Añade.

Sólo sonrío y me regreso a mi lugar. Quise evitar tener que responderle: “No es mi novia” o cualquier otra cosa. Bebo de mi cerveza mientras ojeo y hojeo la carpeta de canciones y al fin seleccionó una de Juan Gabriel. Sí, cantaré “Querida”. Quizás después alguna más alegre, alguna que vaya bien con mi voz.

En la mesa 6 está Laurel. Veo como empiezan a levantarse, a tomar sus bolsos y chamarras y suéteres. Empiezo a pensar que me quedaré solo en el bar pero no es así. Se van casi todos excepto dos chicas: Laurel y otra chica menos espectacular.

Subo al escenario, que ahora ya es más grande que la última vez, y espero a que empiece a aparecer la letra en pantalla. Y ahí me ves cantando. Debo confesar que me salió bastante mal, y no es porque sea modesto, sino porque pude escucharme claramente y, por si no era suficiente mi propia autocrítica, la chica de a lado, la que se siente diva, se acerca:

“Oye, amigo ¿Cómo te llamas?”
“Me llamo Juan Carlos” Me advierte que no me enoje pero que tiene algo qué decirme. Le doy luz verde.
”Ok, mira Juan Carlos. La verdad esa era una canción muy bonita pero creo que no supiste aprovecharla, me parece que no pudiste alcanzar la nota y que ni lo intentaste, te quedaste corto en la nota, además te sentí como que muy cohibido, con mucho miedo, no tengas miedo al publico ni al escenario, si te gusta cantar demuéstralo en el escenario, porque si te vas a subir con miedo mejor ni te subas”.

Y yo así de ¿Qué pedo con esta vieja? ¿Se siente Lolita Cortés, Susana Zabaleta o qué? No tenía idea de que ya hubiera jueces aquí en el Karaoke. Me pareció un gesto muy absurdo pero a la vez divertido. Trato de ser amable y le doy las gracias por su comentario tan “acertado” y le prometo que me esforzaré más para la próxima. Luego hacemos un brindis.

Muchas cosas interesantes en los bares comienzan con un brindis.

Bebo de mi cerveza, enciendo un cigarrillo, mando mensajes por el Whatsapp cuando escucho de nuevo mi nombre por los altavoces, me llaman al escenario una vez más. En esta ocasión cantaré: “Tanto la Quería” de Andy y Lucas. Intento relajarme más y trato, ahora sí, de “dar la nota, alcanzarla esta vez”, sigo los consejos de Laurel. Creo que esta vez me salió mejor, no sé si era porque ya tenía una cerveza encima o si porque la canción era más sencilla en fin que me sentí cómodo.

Al regresar a mi mesa Laurel me aplaude y me felicita porque lo hice mejor. Y volvemos a brindar chocando nuestras copas. Y así continúa tranquila la tarde mientras Bebo el último tercio de cerveza, mientras chateo por el WhatsApp, mientras fumo un cigarrillo, mientras recuerdo tantas cosas vividas, mientras que gente llega y gente se va del bar, nuevas voces se oyen en el escenario, lindas canciones que traen recuerdos y así…

Pienso en que hay tantas cosas que debería olvidar, en que simplemente quisiera empezar de cero como en la canción; y ahí es cuando decido finalizar el concierto de hoy con “Día Cero” de La Ley. Subo al escenario más seguro que nunca y antes de comenzar a cantar me despido diciendo que ya es la última: “La última y nos vamos…” Y arranco la cantada. El bar ya está más lleno y los aplausos no se hacen esperar. Finalizo mi actuación dando las gracias por el aplauso, me siento todo un Rock Star en el escenario.

Cuando estoy dando el último trago a mi cerveza, Laurel se me acerca y pregunta que si ya me voy. Le digo que sí, que nomás venía por una. Y aquí empieza la verdadera historia que le da título a esta entrada.

“Quédate, Juan Carlos. Yo te invito una cerveza pero quédate”. Yo sonrío y asiento con la cabeza, casi en automático, no me hago mucho del rogar y le digo que me quedo. Me pide que me siente en su mesa, pero antes, me advierte que no por invitarme piense yo que quiere conmigo. Le digo que no se preocupe y me siento a su lado y empezamos a platicar y a beber y a fumar. Cada vez más cerca el uno del otro. De repente me hablaba al oído con una voz bastante sensual, atrevida, con ese tono que usan las mujeres cuando andan en plan seductor. Y aunque, no niego que Laurel es bastante guapa, me hago el interesante, me hago el que no me importa. Me doy a desear.

Hablamos un poco de esto, un poco de aquello. Me cuenta lo mucho que le fascina cantar. Que estudia periodismo, que su sueño es salir en televisión. Y de a poco comienza a hablarme de cosas más íntimas. Que no cree en el amor, que está convencida de que no nació para eso, que ella es realista, que es directa.

De pronto ella empieza a contarme cómo le gustan los hombres, me dice que a ella le gustan los tipos altos, toscos. “Como aquel de esa mesa” Me dice mientras que lo señala. Y me cuenta que hace tiempo ella solía ser diferente que si alguien le gustaba tenía que tenerlo y que siempre lograba conseguirlo, que ella era en realidad una ninfómana, que llegó un momento en que fue capaz de acostarse con cualquiera, que mientras que pudiera coger no importaba que estuviese feo. Que incluso trabajaba como fichera en un bar, que ahí se metía con hombres mayores que tuvieran dinero y que pudieran cumplirle sus caprichos. Pero que hace aproximadamente un año cayó en la cuenta de que eso no estaba nada bien y que buscó ayuda profesional. Y que de a poco fue controlando dicha ninfomanía. Tan es así que “Hace siete meses que no me acuesto con nadie”. Eso último me lo dice al oído con esa voz tan cachonda que hasta me da el escalofrío.

Le digo lo mucho que me sorprende conocerla y la historia que me cuenta. Es que en verdad, uno se imagina que las ninfómanas son algo así como seres mitológicos, leyendas urbanas.

Aunque al mismo tiempo pues no sabes cómo reaccionar. O sea, nunca esperas que venga hasta ti una mujer y te diga “Soy una ninfómana”.

Y ella continúa: “Cuando veo a un wey que me gusta, voy le digo que me gusta. Y cuando lo hago es porque me lo quiero coger, más bien, es porque me lo voy a coger. Y por dios que me lo cojo”.

De pronto me mira a los ojos y me dice: “Conmigo no hay medias tintas, o es blanco o es negro, si quieres coger conmigo, dímelo. A mí dime que te gusto y que quieres coger conmigo, que quieres que te haga un oral o lo que quieras pero no te andes con rodeos”.

Y yo así con mi cara de sorprendido.

“¿Quieres coger conmigo? Sólo dímelo”.  Parece que me reta. Y yo no sé qué decir. Sólo la observo callado. Sonrío y bebo de mi cerveza. Y ella que no para de hablar.

En eso estamos cuando llegan dos chicas y un chico,  amigos de Laurel. Se sientan con nosotros, Laurel me presenta con ellos, les dice que me acaba de conocer y que se la está pasando muy bien conmigo.

Y seguimos charlando y bebiendo y cantando. La botella está casi vacía pero ella se anticipa y pide otra cerveza para mí. Sube al escenario y se luce cantando por enésima vez. Vuelve a contarme lo mucho que le ha gustado el tipo de rojo que está en la otra mesa y añade que si no fuera porque el tipo ese viene acompañado a etas alturas, mínimo, ya se lo andaría fajando. Y yo dentro de mí pienso que seguramente soy el premio de consolación. Me niego a ser plato de segunda mesa. Supongo que allí perdió la oportunidad conmigo.

Se acaba la última botella y le digo que ahora sí ya me voy. ¿Cómo que ya te vas? O sea, yo no le hablo a cualquier hombre, ¡eh! Y mucho menos le invito de tomar. Tú eres de verdad afortunado por estar aquí ¿y me sales con que te quieres ir? ¿Tú crees que una mujer como yo va a tener a cualquiera sentado aquí conmigo y todavía pagándole la peda? No, mi amor. Tu no te vas. O sea ¿Quién te crees? Le digo que sé muy bien que yo no soy cualquiera. ¡Carajo! Soy un Príncipe.

Ella insiste que me quede. Incluso me abraza. Y me pone un billete de $500 en la mano muy disimuladamente. “Compra la otra y quédate”. De pronto pienso en que si así es como se siente ser un “fichero”. ¿Me estaba convirtiendo en un gigoló?

Ella sube a cantar otra vez y yo compro otra cerveza con el billete que ella me dio. La señora de la barra y los amigos de Laurel se han dado cuenta de que ella me dio el dinero. Los veo cuchichear entre ellos. La música está sonando tan fuerte pero intuyo lo que dicen, algo así como: “Hay que esperar a Laurel, no podemos dejarla sola con ese chavo, no vaya a ser que tenga una recaída…” Quizás eso dicen, no lo sé con certeza. Pero lo imagino porque después de haberse despedido deciden quedarse. Y hasta se sirven de mi cerveza. Y cuando los miro feo el pendejo ese me dice, “Laurel la Pagó ¿no?”. Yo con ganas de decirle: “Sí, ella la pago pero la pagó para mí, para que me quedara”. Ganas así de mandarlos a la chingada. Pero aparece Laurel. Pone su mano en mi pierna y me dice:

“¿Te digo algo y no te enojas?”
“No, digo, no lo sé. a ver dime”.
”Tú me gustas”.

“Oh, eso no me lo esperaba(Ay, ajá)”. ¿Cómo reaccionar ante esto? ¿Qué significa? Si era en serio lo que me dijo hace un rato ¿Significa que me quiere coger? ¡Carajo! ¿¡En verdad terminará cogiéndome!? ¿Está es la parte en que me echo a correr o en la que mi ego sube hasta arriba? Esto es increíble.

“Pero Loren, yo ni siquiera soy tu tipo. ¿Recuerdas? Nomás mírame soy todo un bodoque, ni estoy tosco, ni tengo cara de malo, ni tengo dinero, ni nada de nada…”

“¿Sabes? Una mujer busca mucho más qué eso en un hombre. Me ha gustado mucho tu forma de ser y  físicamente también me gustas, Bueno, para empezar me gustó tu nariz”.

“¿Mi nariz? ¿Y mis ojos no te gustaron? Todas me dicen que les gustan mis ojos, lo de mi nariz nunca lo había escuchado”.

Ella me toma de la barbilla y me obliga a mirarle:”Mírame, y mírame bien. ¿Tú crees que yo soy como todas? ¡Pues no! Yo soy alguien única y muy especial. Auténtica. No soy como todas. Nunca vuelvas a decirme que soy como todas. Y si te digo que me gustas, es porque me gustas y que lo que me empezó a gustar fue tu nariz así fue. Que en realidad sí me gusta toda tu cara: tus ojos, tus labios, tus cejas. Pero lo primero que me gustó de ti fue tu nariz”.

Y yo sonrío. Sólo alcanzo a decirle: “Gracias. Haces que me sienta muy halagado…” Y le doy vuelta a la cara. No puedo evitar esbozar una sonrisa de satisfacción. Es una chica preciosa, la más preciosa en el bar. Y no sólo está conmigo, sino que me está comprando las cervezas y ahora me dice que le gusto. ¡Caray! El sueño de cualquiera.

Luego continúa, “Me gustas porque transmites seguridad y confianza, porque no te volviste loco cuando te hablé, vieras cuantos chavos ya sienten que se vienen nomas porque una mujer como yo les habla”.
Yo estoy que no me creo nada.

“Ya andas peda ¿verdad?”

“¡Peda pero no pendeja!”

Intento cambiar un poco la plática, le pregunto acerca de su carrera, de su trabajo, de sus sueños para el futuro.

“Quiero salir en televisión y voy a salir en televisión. De algún modo lo conseguiré. Y no importa lo que tenga qué hacer para lograrlo pero saldré en televisión”.
“Ok, baby… Entiendo ¿Cuál es tu nombre completo? Digo, así, un día cuando te vea en televisión podré decir que te conocí en el Yaris Bar”. Y me pongo así, en plan de chico lindo, le digo que estoy seguro que lo conseguirá, que tiene el talento, que es hermosa. Y para matarla le digo: “Más allá de tu belleza eres una mujer valiente y decidida, una mujer valiosa”.

Y ella me regala una sonrisa y una mirada tierna. Y cuando se me acerca y cuando me abraza yo me aparto, me hago el difícil. ¿Por qué lo hago? Lo hago quizás porque pienso en Janeth. O lo hago quizás más bien por joderla, por demostrarle que no puede tener a todos. Que no a este príncipe. Que vea que no soy un chico fácil.

¡Carajo! ¿Estábamos intercambiando los roles? ¿Ella conquistándome, yo rechazándola? ¿Ella invitándome copas para no dejarme ir, yo haciéndome del rogar? ¿En algún momento ella me iba a regalar una rosa?

Esto se pone realmente divertido cuando veo como su mirada se enciende, siento como ella no va a permitir que alguien la rechace. Y ella se esfuerza, cambia el tono de voz, se mueve, manotea, se retoca el maquillaje. Y jura y perjura que no tiene ninguna estría. Que sus senos son naturales. Que se exfolia todo el cuerpo.

“Toca mi piel, ¿notas la diferencia? Me cuido bastante para tener la piel así, ve mi cara ¿a poco no soy una preciosidad? Y creo que ya has visto mi cuerpo ¿no? Las largas horas en el gimnasio han dado frutos. ¿Si o no tengo todo lo necesario para salir en televisión?”.

¡Demonios! De verdad me quiere convencer. Me está convenciendo.

Y yo no paro de reír en cada embestida de su parte. Al fin dan las 10 de la noche. Nos dicen que van a cerrar el bar, es hora de irse. Y ella me pide, es más, me exige que la acompañe a su casa. Le digo que sólo si me queda de paso. Y sí, para su suerte me queda de paso.

Salimos con sus amigos y abordamos un taxi, el cual paga ella, por supuesto, con dirección al Metro Neza. Entramos a la estación, luego ya estamos en los andenes esperando el próximo tren con un destino incierto. ¿Qué acabaría pasando al final?

Abordamos el tren y ella sigue coqueteándome. Sus amigos se despiden dos estaciones más tarde. Luego, cambia su expresión y me platica la triste historia de su vida. De aquella vez que se enamoró en cuerpo y alma, y dio el paso, y  se casó. Me cuenta un poco de su vida de casada, de los problemas que surgieron después a causa de los celos enfermizos del marido, de la dolorosa decisión que tomó al separarse, del cómo se sintió al recuperar la libertad. Me cuenta acerca de sus ansias y ambiciones, de aquella promiscuidad que luego se convirtió en ninfomanía y luego, de cómo llegó incluso a prostituirse para sacarle provecho a su trastorno…

Es impactante mucho de lo que me cuenta. Estoy sorprendido, anonadado, ¡patidifuso! Como para escribir un libro.

Mientras el tren sigue avanzando ella continúa con la historia. Incluso con los sórdidos detalles. Al fin llegamos a la estación de San Lázaro. Caminamos el trayecto para transbordar de la línea B a la línea 1. La tomo de la mano. Es tan alta a mi lado, la gente nos mira y susurra. Definitivamente somos una pareja bastante dispareja.

Ya en la línea 1, la rosa, abordamos el tren con dirección a Pantitlán. Me explica que en Boulevard Puerto Aéreo hay que bajar para abordar un pesero o un taxi hasta su casa. “Porque no creo que traigas para el hotel ¿verdad? Porque ese sí no lo pienso pagar yo”. Y yo así, todo sacado de onda. Me la había tirado muy directa. Como decía un amigo: “Se sacó el calzón, le dio vueltas con la mano y me lo tiró a la cara”.

Y por un instante me imaginé la escena: Ella y yo entre penumbras, besándonos, desnudándonos, haciendo el amor…

La miro a los ojos y niego con la cabeza.

“Se está haciendo tarde, Baby. Me tengo que ir”.

Se acerca, me da un abrazo, va a darme un beso pero yo volteó la cara. Sus labios impactan en mi mejilla. Hay fuego en sus bellos ojos marrones.

“Ok, está bien”. Susurra resignada. Y Sentencia: “Pero no creo que volvamos a vernos”.

“Lo sé”.

Y el tren se detiene en Boulevard Puerto Aéreo, las puertas se abren. Ella baja del tren, se detiene y voltea hacia mí por última vez, me mira fijamente cómo diciendo “¿De verdad no vas a bajar?”. Me quedo inmóvil como respuesta. El tren cierra las puertas  y puedo observar a través del cristal como se va y se pierde entre la gente antes de que el gusano naranja vuelva a andar.

Vuelvo a imaginar la escena. El acto sexual.  Y sólo por última vez pienso en Laurel y en su cuerpo. En que debe de ser toda una máquina de placer. Una bestia sexual. Debe ser toda una experiencia estar con ella. Pero no me arrepiento. Luego, lo olvido. Me voy a casa a dormir solo. Pienso que tal vez me arrepienta cuando llegue el día en que encienda el televisor y esa chica esté en pantalla. Tal vez en ese momento piense: “Yo pude haberme acostado con ella”. Pero hoy no me arrepiento…

Sonrío al imaginar que al menos por esta noche, alguien estará pensando en mí…

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