Pasajero del Titanic

De su libro titulado “CRÓNICAS, CUENTOS Y LEYENDAS SONORENSES”

 

“El gran libro de lo asombroso e inaudito” nos relata en la siguiente forma el desastre del “Titanic” y de su símil de la novela de Robertson:

“Un palacio flotante zarpó del puerto de Southampton en 1898 en su viaje inaugural. Era el trasatlántico mayor y más grandioso construido jamás, y sus ricos pasajeros gozaban de su lujosa comodidad mientras viajaban rumbo a América. Pero el barco no llegaría jamás a su destino: un “iceberg” rasgó su casco y el buque se hundió con una considerable pérdida de vidas”.

 

Aquel trasatlántico sólo existía sobre el papel, y era fruto de la imaginación de un novelista llamado Morgan Robertson. El nombre que dio a su imaginario barco era “Titán”, y el título del libro “Futilidad”.

Morgan Robertson y su libro “Futility”

 

 

Pero tanto la ficción como la futilidad habían de convertirse en terrible realidad. Catorce años más tarde, un lujoso trasatlántico, esta vez auténtico, partía en el mismo viaje inaugural, iba repleto de acaudalados pasajeros. También chocó contra un “iceberg” y se hundió y, al igual que en la novela de Robertson, la pérdida de vidas fue terrible, por no disponer de suficientes lanchas de salvamento.

Lic. Manuel R. Uruchurtu

 

 

Fue la noche del 10 de abril de 1912. El buque era el “Titanic”. Premonición de un pasajero, el “Titán” de la novela de Robertson fue casi un duplicado del “Titanic” real de muchos más aspectos que en el de la semejanza del mismo tamaño, desarrollaban la misma velocidad y tenían la misma capacidad de pasaje: Unas 3,000 personas. Ambos eran “insumergibles”, y ambos se hundieron exactamente en el mismo punto del Atlántico Norte:

 

Pero las extrañas coincidencias no terminan ahí. El famoso periodista W. T. Stead publicó en 1892 un cuento que resultó ser una premonición del desastre del “Titanic”.

 

Stead, que era espiritista, fue también una de las 1,513 personas que perecieron en el naufragio del “Titanic”.

 

El autor de esa crónica nos señala, también, que ni la novela de horror de Morgan Robertson ni el profético cuento de Stead sirvieron de advertencia al capitán del “Titanic”, para no salir del puerto inglés sin tener suficientes lanchas de salvamento.

Impacto del Titanic

 

 

Por nuestra parte, sin haber leído a Robertson ni a Stead, podemos asegurar que ninguno de los dos novelistas predijeron los actos de heroísmo y suprema abnegación de algunas personas, de ambos sexos, que iban en el “Titanic”. En esos momentos dramáticos se oyó la voz de una dama que decía a su esposo: “Llevo viviendo a tu lado más de cuarenta años; por eso también quiero morir contigo” y rechazó el lugar que se le asignaba en la lancha salvavidas. Y no fue la única mujer que escogió el camino de la muerte para acompañar a su marido.

 

Tampoco el cuentista y novelista –Stead y Robertson- pudieron predecir que en el naufragio del “Titanic” moriría un mexicano nativo de Hermosillo, quien pereció por su propia voluntad porque, en un rasgo de galantería y supremo sacrificio prefirió permanecer sobre la nave en el momento de hundirse.

 

Don Francisco Almada nos dice que el licenciado Manuel R. Uruchurtu nació en 1874 y después de haber terminado su carrera de profesor normalista estudió la carrera de leyes en la Ciudad de México, versando su tesis sobre “Breves Consideraciones Sobre el artículo 14 Constitucional”. También fue escritor, escribió la biografía de don Ramón Corral, de quien fue adicto.

 

El mencionado profesional fue uno de los secretarios del licenciado Joaquín D. Casasús, representante del Gobierno mexicano en el juicio arbitral de la Zona de El Chamizal. Fue magistrado del Supremo Tribunal de Justicia del Estado de 1901 a 1903; diputado federal por el primer Distrito de Sinaloa y en su corta vida tuvo una muy brillante actuación como litigante, y además de ser un hombre muy inteligente y estudioso, era un filántropo que mereció el título de Benefactor.

Salvamento en el Titanic

 

 

Un día de abril de 1912 zarpa el “Titanic”, el hermoso trasatlántico que ofrecía a sus pasajeros comodidad, seguridad y lujo. Era el orgullo de la marina mercante inglesa. En él viajaba un apuesto caballero de treinta y ocho años de edad, de profesión abogado y de nacionalidad mexicana: El licenciado Manuel R. Uruchurtu.

 

El hermoso barco se deslizaba sereno y aparentemente seguro como un conquistador de los mares, cuando se escuchó un crujido espantoso en la quilla de la nave: había dado contra una inmensa montaña de hielo flotante. La confusión y el pánico fueron tremendos; pero la disciplina inglesa logra imponerse por medio de la fuerza. Hay pocas lanchas salvavidas y se dará preferencia a los niños y a las mujeres. Solamente se podrán salvar unos cuantos hombres de los pasajeros y pocos, muy pocos, de los tripulantes que guiarán las barcas salvavidas. El capitán y los oficiales cumplirán con la vieja ley de los marinos: irán al fondo del océano con sus barcos.

 

Al final del salvamento solamente queda un bote que está destinado a los hombres. Mientras las mujeres y los niños que ya van rumbo a la salvación lloran y gritan histéricamente al ver a sus padres o a sus esposos ir al final de su destino.

 

El licenciado Uruchurtu es uno de los pocos pasajeros a quienes se les asignó un lugar en la última lancha salvavidas, y sin prisa y sin manifestar ningún temor espera su turno. Llega el momento en que ocupa su lugar en el bote y a punto de ser bajado éste a la superficie del mar, llega una dama inglesa gritando y llorando desesperadamente; había quedado atrapada en su camarote y sólo en ese momento había logrado liberarse. Su llegada al lugar del salvamento es tardía y alguien piensa que la mujer habrá de acompañar a las otras personas de su sexo que no quisieron salvarse sino ir a la muerte con su marido. Parece que nadie escucha sus lamentos, pero… En ese momento un hombre -¡Un hombre en toda la magnitud de la palabra, que es inmensa!- revestido con todos los dones que el Supremo Hacedor en muy señaladas ocasiones ha otorgado a criaturas humanas se enfrenta a su destino, voluntariamente, sin temor a emprender la marcha por el camino desconocido que no tiene regreso, porque es el camino de la muerte. Es el caballero hermosillense Manuel R. Uruchurtu quien abandona su lugar de salvamento y lo cede a la dama desesperada; él se coloca en su lugar de los que han de morir.

 

Unos cuantos días después, cuando las autoridades británicas logran formar una lista de los que murieron en aquella tremenda catástrofe, muchas personas de diferentes edades derramaron lágrimas en la casa no. 6 de la Calle de la Moneda, de una pequeña ciudad llamada Hermosillo. Era el único tributo que los familiares del fallecido podían rendir al Benefactor; ni una flor llevarían a su tumba porque está en el Atlántico Norte.

 

Varios años después, cuando sus condiciones económicas se lo permitieron, aquella mujer inglesa que debía su vida a la abnegación y caballerosidad de un abogado hermosillense, vino a Hermosillo a conocer a los familiares del héroe.

 

Todavía existe en la antigua Calle de la Moneda, hoy avenida Rosales, en la cuadra del lado Oriente que comprende las esquinas de las calles Monterrey y Plutarco Elías Calles, una vieja casona del siglo pasado. Es la única que todavía perdura en esa parte de nuestra ciudad; las otras casas hace varios años fueron arrolladas por el que llamamos progreso. El señor licenciado don Ernesto P. Uruchurtu se opuso tenazmente a que fuese demolida para ampliar la avenida. Y claro fue la víctima de muchas críticas, de acerbos comentarios.

 

En esa casa que fue motivo de polémicas y por la cual don Ernesto hubo de soportar el escozor de la maledicencia de los enemigos de las tradiciones, fue donde nació el licenciado Manuel R. Uruchurtu. ¡Y que bien que no haya sido demolida! Cada vez que pasamos por allí recordamos que en ese lugar empezó a latir en 1874 el corazón de un hombre generoso que por amor a sus semejantes dio la mayor fortuna que puede tener una persona sana y en la plenitud de su existencia: Su Vida.

 

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