Paradojas

En una gris mañana de otoñal, llegó un paciente al consultorio del más famoso neurólogo de la  ciudad. Y este paciente, se quejaba de profundas depresiones y una terrible melancolía; de noche, principalmente, le sobrevenía regularmente un opresivo miedo a la vida; ya no era capaz de reír, había perdido toda su alegría.
Tras escuchar la historia, el médico le prescribió una extraña terapia. Le contó a este evidente maníaco-depresivo que en ese momento estaba en la ciudad el cómico Carlini, famoso en todo su país; sus representaciones eran eran una verdadera pirotecnia de alegría vital, literalmente chisporroteaba de gracia fogosa, y ningún espectador podía sustraerse a su humor, proveniente de una feliz vitalidad que desbordaba de su ánimo; las dos horas de teatro eran una verdadera catarsis para las almas torturadas. Él, el médico, había asistido dos veces a las representaciones de Carlini, y casi había muerto de risa, y la terapia más eficaz que podía recomendarle a él, el paciente, era ir esa misma noche al teatro y permitir que Carlini lo curara. El paciente quedó perplejo y confundido un momento, se puso más serio aún y murmuró, en forma casi inaudible, que ese consejo de nada le serviría, que esta terapia no le daría resultado alguno, pues él mismo ¡Era Carlini!
En esta historia cómico-edificante subyace una experiencia humana que cada uno, alguna vez y en los más variados ámbitos vitales, ha vivido:
No concuerdan, y de modo alguno son una y la misma cosa: el ser y el parecer, el pensar y el hacer, la idea y la realidad, el acontecimiento y la interpretación, el querer y el deber, el pensamiento y la realidad, la ciencia y la vida.
Hay quienes contemplan y la total vida social como un único (mal) teatro, que extienden este  espectáculo desde la realidad social hacia todos los ámbitos de la vida humana, y luego hablan directamente de una “Teatrocracia”; pero no es necesario ir tan lejos y asumir tan textualmente la imagen del Theatrum mundi. Es muy cierto que no sólo políticos, hombres de estado, soldados, banqueros, gente de sociedad, médicos profesores, muestran con frecuencia un comportamiento que rinde tributo más al teatro que a la vida cotidiana; o por lo menos, se atienen a principios válidos sobre un escenario.
Nada menos que  que el gran filosofo renacentista Erasmo de Rotterdam, en su “Elogio a la locura”, nos ha puesto delante el espejo de la vida real y ha desenmascarado con ironía la doble
cara de la vida humana:
“Pues si alguien intentara arrancar las máscaras a los actores en el escenario, para mostrar a los espectadores el rostro natural verdadero, ¿no destruiria así toda ilusión y se merecería que todos  lo echaran del teatro como a un loco? Repentinamente se mostraría una imagen completamente diferente. La mujer de hace un rato es ahora un hombre, el joven es un viejo, el rey de repente es un rústico, el dios es un pequeño hombrecito. Pues revelar esta equivocación implica aniquilar la ilusión de la representación. Y son precisamente el disfraz y la transformación los que atraen al espectador. Y en definitiva, ¿Qué es la vida humana más que una pieza teatral, en la que cada uno representa a un personaje, actúa y juega su papel hasta que el director ordena su salida?”
En lo pedagógico son demasiado comunes las oposiciones antitéticas entre idea y realidad, pensamiento y acción. Allí tenemos por ejemplo, a Jean Jacques Rousseau, esa destacada figura fundamental de la pedagogía moderna, quien no tiene tiempo ni ganas de preocuparse por sus propios hijos – ¿Qué hace? Los entrega a un asilo;
Allí está María Montessori, aquella defensora del niño y protagonista de una educación a partir del niño, quien posterga la educación de su propio hijo ilegitimo por su carrera académica – ¿Qué hizo? Oculta al Pequeño Mario, su hijo, en el campo;
tenemos también a Giovani Don Bosco, el inventor mundial del método preventivo y más acérrimo oponente a cualquier tipo de castigo físico – Cuando en su hogar se topa con una seria dificultad disciplinaria, la soluciona abofeteando al joven delincuente,
y Johann Heindrich  Pestalozzi, quien es universalmente respetado como padre de la escuela elemental y genial creador del método elemental, cuyas iniciativas educativas fracasan casi sin excepción – la disputa de maestros en su escuela modelo, en Ifferten, no sólo está testimoniada literariamente, sino que ya casi se ha hecho
proverbial.
Eso es a lo que yo llamo Paradojas. Uno simplemente no lo puede creer. 
Pero Allí está…
La lista de ejemplos incoherentes podría continuarse indefinidamente. Si alguno tomara una historia de la pedagogía completa, que le presentara el desarrollo de las ideas pedagógicas en todas sus ramificaciones históricas, y así creyera tener ante sí una imagen fiel del desarrollo, a trevés del tiempo, de la educación tal como efectivamente fue en cada época, y luego confrontara esta imagen con una historia realista de la educación, caería de un estupor en otro.
En el lenguaje extracientífico cotidiano normalmente llamaríamos a esta incoherencias que desfilan ante nuestros ojos intelectuales como “La contraposición de la teoría con la práctica”.
Estas paradojas suceden en todos los ámbitos. Es que las cosas no son como parecen. No siempre corresponden a lo que deberían. ¿Quién lo hubiera imaginado?
 
Bibliografía.
Böhm, Winfried. "Teoría y praxis", México. OEA. CREFAL, 1991
Arent, Hannah. The Human Conditions. Chicago, EE. UU.,1958.
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