Es mi Curiosidad…

Son más de las once de la noche.

Se me juntó el trabajo en la oficina. Mi informe tiene que estar listo para mañana temprano. He tenido que quedarme para terminarlo. Ya sabes: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.

“¿Te gustan los autos alemanes? Yo puedo llevarte si quieres. En mi auto alemán”, me dijo él,  “No te preocupes que no es ninguna molestia”.

Yo acepté encantada, no de inmediato, pero lo hice. Me pareció un gesto muy lindo el que se quedara hasta tarde sólo para esperarme y llevarme a casa.

Al fin salimos de la oficina. Vamos camino al estacionamiento. Y el insiste con el asunto de los autos alemanes.

“Escuché que te gustan los autos alemanes ¿No?”
“Sí, a quien no”.
“Estoy seguro que el mío te va a encantar”.

“Autos alemanes…”

Debí haber adivinado lo que quiso decir con eso. A mí no me importan mucho esas cosas, pero para ser sincera sí que me hubiera gustado más un BMW o un Audi si de autos alemanes hablamos. El último auto alemán al que me subí fue al vocho de Peter, y de eso ya hace un tiempo.

Pero no tengo derecho a quejarme. Se ha ofrecido a hacerme este pequeño favor. Aunque, por su actitud, me hace pensar que el favor se lo hago yo. Al menos sé que así evitaré andar en transporte público y cualquier otro peligro que pueda haber al andar afuera tan noche. Y también, puede que sea la oportunidad de conocerle mejor. Parece un buen tipo. Un poco distraído pero también es guapo. Ha sido muy amable conmigo desde que nos conocemos. Siempre muy cordial, siempre dispuesto a ayudarme. Me ha hecho tantos favores. Muchos de ellos sin pedírselos siquiera. No es que sea muy quisquillosa con los hombres pero tampoco me parece un partidazo. Pero pienso que si juega bien sus cartas tal vez tenga posibilidades. 😉

Circulando en la avenida.En los cursos de Coaching dicen que siempre es bueno dejar entrar algo nuevo a tu vida.  Esta noche podría abrirle la puerta a este hombre tan lindo. Amén de que se acerca el 14 de febrero y podría festejarlo con él.

Y allí vamos solos en su vocho modelo quien sabe cual. Todos parecen iguales. El auto enciende, luego arranca abruptamente. Me abrocho el cinturón de seguridad y  sólo deseo que este bendito escarabajo pueda llegar a tercera sin hacer que mis dientes tiemblen hasta caerse de las encías. Y que pueda llevarme con bien hasta mi hogar. Y que luego pueda llevarlo a él a la suya sin problemas. Sería horrible que se quedara tirado. Vivimos por rumbos muy distintos. Se ha desviado mucho sólo para traerme.

Se acerca la media noche y a estas horas todo está tan despejado. No hay muchos autos. Mi amigo toma la avenida principal para llevarme a casa. De a poco, pero empezamos a charlar. Mi día fue terrible. El de él no tanto. Hablamos muy poco sobre nosotros. Yo no sé muy bien que preguntarle y él tampoco me pregunta nada. Pensaba en una forma de darle un empujoncito pero entonces él empieza a hablar de política, de economía y sus implicaciones.

Y de pronto discutimos acaloradamente sobre si el peso mexicano ha de depreciarse ante el dolar estadounidense o permitir que se fortalezca como lo viene haciendo en los últimos años. Para mí es importante que el peso gane terreno frente al dolar. Mi amigo, como muchos otros, cree que no debe ser así, pues México requiere una serie de cambios estructurales para competir en el exterior, no sólo apoyarse en una moneda fuerte o débil.

En lo más polémico del debate se queda callado, su mirada perdida me hace pensar que mis argumentos han ganado pero no podría estar más equivocada. Lo que ha distraído a mi amigo son los travestis que ofrecen sus servicios en la avenida. Sin más remedio me uno a su fascinación, mientras el carro disminuye su marcha. Como para no perder detalle.

“Son espectaculares”, dice él sin voltear a verme. Sin dejar de verlos.

“Sí, mira esos cuerpos, están tan bien construidos que podrían ganar un consurso de belleza sin mucho problema”. Le respondo a modo de comentario que pretende ser ácido y que termina pareciendo envidia. Pero es que en verdad lucen tan femeninas. ¡Qué Horror!

Mi amigo no se inmuta. Está como fascinado mirando a esos sujetos. ¿O serán “esas”? Juraría, por la expresión de sus ojos, que hasta está gozando con esa visión en los pocos segundos que dura el escaneo de esos cuerpos con tetas indestructibles y con enormes bultos entre las musculosas piernas depiladas. Apenas las dejamos atrás, cuestiono:
“¿Te gustan?”
Su respuesta es breve, concisa.
“No, claro que no”.
Pero yo insisto, me da curiosidad y a veces no se cuando callarme la boca: “¿Tú, no pagarías por estar con uno de ellos? ¿O sí? ¿Ya lo has hecho?”
Al fin voltea a mirarme y su respuesta es casi la misma. Pero su gesto se torna serio mientras responde enfáticamente:

“¡No!”

“¿Lo harías gratis?”

“¡No! Tampoco”.

A excepción del fuerte ruido que hace el motor del coche se puede decir que hemos caído en un silencio incomodo. Un silencio tan incomodo que es providencialmente interrumpido gracias a las chicas que están en la avenida siguiente. Nuevamente baja la velocidad y les echamos un vistazo a dúo.

Minifaldas y escotes en jóvenes mujeres(y otras no tan jóvenes) más o menos bonitas. Nada realmente espectacular. Admito para mis adentros que no lucen tan provocativas, ni sus carnes son tan magras, ni tan bien torneadas como las de los travestis que acabábamos de analizar momentos atrás.

Puedo percibir el gesto de desdén de mi amigo, así que disparo, otra vez:

“¿Y Tú… lo has hecho con una prostituta? ¿A una de ellas sí le pagarías por sus servicios?

Otra vez,su respuesta no es más prolífica: “No y no”.

Silencio otra vez. Unos metros más adelante, mi curiosidad se convierte en artillería pesada.

“¿Y por qué no? ¿Por qué no le pagarías una de ellas? Puedo entender lo de los travestis pero ¿Qué pasa con esas chicas?”

“No pasa nada. Lo único es que nunca he pagado por sexo. Y no creo llegar a hacerlo…”

Hasta ese punto, puedo decir que todo iba bien. Sin embargo continuó.  Y allí fue donde lo arruinó.

“…Pero si lo hiciera, si llegara a tener esa necesidad de pagar, tendría que ser por alguien que valga la pena, alguien que luzca de verdad espectacular. Que haga valer mi dinero. Cada centavo”.

“¿Como un travestí? Algunos de los que vimos sí que se veían espectaculares ¿no? Tu lo dijiste”.

“No, no, ¡no! Hay mujeres espectaculares, como las de la televisión o las de los tabledace caros. Esas sí son mujeres que valen la pena”.

“Entonces, las chicas que vimos simplemente no te gustaron”.

“No es tanto eso. Es que… Mmmm… Digamos que… Hay tipos de mujeres… Clases… Y esas que vimos están muy… mmmm… Muy normales como para pagarles”.

“¿Cómo? O sea ¿No les pagarías porque se ven como chavas comunes?”

“Exacto”.

“Pero, por ejemplo, si tuvieras oportunidad con una chava, una que consiste en la oficina, que se vea igual que una de esas prostitutas ¿Sí te acostarías con ella? ¿Aunque se vea común? ¿Te acostarías con ella pero gratis?”

“Seguramente”.

“Y si te encontraras a una prosti o una bailarina de Table dance que realmente te impresionara ¿A esa si le pagarías?

“Creo que ya me entendiste”.

Demonios. ¡Me mató!

Ahora sí que es un silencio incómodo. Por un lado irrita que lo dicho por mi amigo sea lo más representativo de la mujer vista como cosa, reducida objeto. Y aún más. Que ese objeto sea dividido en categorías. De primera, de segunda, etc… Mujeres corrientes y mujeres de lujo. Hazme el chingado favor.

¿Cómo puede pensar eso un hombre inteligente, educado, solidario con sus compañeras y, hasta donde yo sabía, nada macho?

Por otro lado, me doy cuenta de que hay algo que me molesta aún más:
Ir junto a un tipo que nunca pagaría por un intercambio sexual con alguien como Yo. Que de acuerdo a sus comentarios no valgo la pena. Digo, no me malinterpreten, Yo me siento atractiva, seguro que lo soy, tengo mi autoestima al 1000, pero no creo que me dieran chamba en un Men’s Club. Ni creo ser mucho más atractiva que las prostitutas que vimos.
Mi único consuelo, entonces, es saber que tampoco pagaría por alguien como mi amigo… ni por nadie.

¡Carajo! ¿Porqué tardamos tanto llegar a casa? Odio los autos alemanes.  ¡Maldito vocho!

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