El payaso y el perrito.

Es un episodio imposible, uno de esos que sólo ocurren en películas de Disney y crónicas llorosas: el personaje, siendo un niño, cae víctima de una enfermedad inexplicable que dura cerca de un año y lo condena a estar postrado en una cama por meses. Pese a la gravedad de la enfermedad, que casi siempre es descrita como un virus misterioso, el infante es relativamente funcional —sólo debe estar acostado—, así que su padre (o su madre, o su abuelo, o un vecino rico) le regala un libro (o una guitarra, o una computadora, o una raqueta de ping-pong). Este obsequio juega un papel determinante en la vida futura del héroe. El que recibió un libro se convertirá en un hombre de letras, el de la guitarra popularizará una fusión de funk y jazz presentándose exitosamente en bares londinenses, la de la computadora escribirá ese código que revolucionará la manera como existimos en el mundo, el de la raqueta de ping-pong se volverá accionista de Apple.

Cerca al cierre de 1989, Pedro cayó enfermo de una hepatitis contraída por tomarse un masato(bebida elaborada a base de yuca, arroz, maíz o piña) un día que fue con su tío«para arreglar de una vez por todas este asunto del registro del carro».

La hepatitis casi siempre se inicia con el descubrimiento de que los orines adquieren un característico color rojizo, luego vienen las recriminaciones, luego las acusaciones y las peleas familiares, luego los divorcios y los «ese hermano tuyo si es la cagada, Gabriel, ¿cómo le fue a dar al niño esa mierda?». Es un proceso mecánico, ciego. Mientras tanto, el enfermo padece además un viacrucis secreto: nauseas continuas, fiebre, desazón, debilidad, y maldice su suerte mientras escucha a sus padres al fondo divorciándose por culpa de un desliz familiar-higiénico.

Es noviembre. Pedro lleva una semana en la cama y recibe, por fin, una visita de sus amigas del colegio. Rosita Pastrana, la más bonita del salón, le trae un regalo y un beso en nombre de una anónima amiga secreta. Teresita, la que quedará embarazada en noveno grado del profesor de biología, le trae fotocopias de sus cuadernos y, de regalo, una copia del libro que la profesora Hincapié quiere que leamos antes de que se termine el año: Crónica de una muerte anunciada. Las demás no dicen mucho, apenas sí se acercan a la cama. Lo miran con una mezcla de desconfianza e interés, luego de eso nunca dejaron de hacerlo; Pedro descubrió ya terminando el colegio que alguien, en su ausencia, había regado el rumor de que la hepatitis era una enfermedad de transmisión sexual. A esas horas, en esos lugares y para esas niñas, eso de la iniciación sexual era un asunto pavoroso.

El regalo de Rosita es un figurín de porcelana: un payaso con un perrito. La naturaleza del regalo confunde a Pedro, quien es lector compulsivo de la colección de Selecciones viejas que sus abuelos amasan en su finca. ¿Es este su momento determinante? ¿es justo este el instante en el que se decidirá su destino?, piensa mientras mira su regalo. No hay duda, la confección es formidable, pero Pedro no sabe qué significa. Pedro quiere exprimirle al payaso y a su mascota saltarina un sentido que tal vez nunca tuvieron. Tal vez, y aquí sólo estamos conjeturando pues Rosita murió al final de ese año atacada por abejas asesinas en un paseo a la costa, todo fue una confusión y Pedro recibió el regalo equivocado, por ejemplo.

No importa, Pedro dedica dos días a mirar el figurín, a detallarlo. ¡Cuánta minuciosidad! Cuánto cuidado en nimiedades como los cordones de los zapatos, o el brillo de los ojos, o los colmillos del perrito, o la expresión de alegría de ambos, o la manera grácil como él sostiene entre sus dedos una pequeña flor azul. Al tercer día de cavilaciones, antes de acostarse, lo deja en su mesa de noche con tan mala suerte que un movimiento brusco de la cama hace volar al payaso y su perro y los revienta con ímpetu suicida contra el piso de la habitación. Quedan hechos polvo. A la semana, Pedro regresa al colegio y, aunque suene a cliché, el pobre no es el mismo; ese episodio lo marcó para siempre.

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One thought on “El payaso y el perrito.

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