Se solicita Pedagogo 1ra parte.

Un buen día andas en Internet buscando empleo y lees ese anuncio:

SE SOLICITA PEDAGOGO.

Una oferta de esa naturaleza y con esas palabras no la encuentras todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie mas. Distraído, dejas
que la ceniza del cigarro caiga dentro de la taza de café que has estado bebiendo en tu escritorio frente a la computadora.

Tú releerás: SE SOLICITA PEDAGOGO. Das click en los detalles del anuncio: “Se solicita pedagogo joven. Ordenado. Escrupuloso. Con buenos conocimientos en e-learning, administración del conocimiento, teorías pedagógicas, teorías del aprendizaje, diseño de cursos y capacitación laboral. Con buena caligrafía y excelente ortografía, facilidad de palabra, que sea atrevido y emprendedor. Tolerante al fracaso y acostumbrado a trabajar bajo presión.  Acepto pasantes, recién egresados, truncos, no importa la experiencia. 8,000 pesos mensuales. ”

Solo falta que las letras más negras y llamativas del aviso traigan tu nombre escrito e informen: Fulano de Tal. Se solicita a Fulano de tal, pedagogo de la UNAM, sin titulo, pedagogo cargado de datos y teorías inútiles, acostumbrado a trabajar bajo presión, y muy tolerante ante el fracaso. Ocho mil pesos mensuales. Pero si leyeras eso, sospecharías, lo tomarías a broma. Contacto sólo vía e-mail. Enviar curriculum a la dirección indicada.

Abres el correo electrónico, anotas la dirección del anuncio, adjuntas tu curriculum y le das click en enviar.

Terminas tu café, checas el correo, el facebook, publicas algo en tu blog. Piensas que otro pedagogo joven, en condiciones semejantes a las tuyas, o incluso mejores, ya ha leído ese mismo aviso, tomado la delantera, ocupado el puesto. Tratas de olvidar mientras planificas tu día. No hay mucho que planificar, no hay mucho que hacer.

Vivirás ese día, idéntico a los demás, y no volverás a recordarlo sino al día
siguiente, cuando te sientes de nuevo en tu escritorio, bebas de tu café, prendas la computadora, inicies sesión en el messenger, cheques el facebook y el correo, y te metas de nuevo a buscar empleo.

Al llegar a la pagina de los empleos, allí estarán, otra vez, esas letras destacadas: SE SOLICITA PEDAGOGO. “Sigue vacante esa plaza”-Pensarás. Leerás el anuncio. Te detendrás en el ultimo renglón: ocho mil pesos.

Te pones a pensar en cuanta gente ha visto ese anuncio y al igual que tú envió un correo con su curriculum adjunto.  Te imaginas a la persona encargada de revisar esa correspondencia. La imaginas con la bandeja de entrada saturada. Y te preguntas si de verdad leera todas esas solicitudes. Si se detendrá a leer cuidadosamente cada uno de los curriculums que recibió.

¿Qué criterios usará para seleccionar al candidato más adecuado?

Dejas de pensar en ello al cabo de un rato y mandas más solicitudes a diferentes anuncios que has leído.

Pasan unas horas y de pronto suena tu celular. No reconoces el número. Tomas la llamada. Preguntan por ti. Te llaman “Señor”.  Te informan que recibieron tu curriculum el día de ayer para la vacante de pedagogo. Te dicen que de acuerdo al papel llenas el perfil pero que necesitan verte personalmente para una entrevista y cerrar el trato. Te da un cita para el día siguiente. Te da la dirección y te dice: “Por favor traiga su curriculum impreso y los más importante: sea usted muy puntual, lo espero mañana para su entrevista a las…

Espera un momento, Adivina… ¡El número mágico!

…once de la mañana.”

Le dices que allí estarás sin falta.  Esa era la llamada que estabas esperando. Parece estupendo. Pero esta el pequeño detalle del número mágico. Lo cual te pone a pensar que mañana puede que las cosas salgan terriblemente mal o terriblemente bien. Pero no importa. Piensas en Ella y sonríes al mismo tiempo. Tiene su gracia después de todo.

Le das los últimos toques a tu curriculum, le pones una foto, le das un formato llamativo. Quieres que sobresalga de entre los demás. Abres el programa de Google Earth para encontrar la dirección y la forma más rápida de llegar. Imprimes un croquis con todas las referencias necesarias. Luego preparas tu ropa que usaras mañana. Te pasas horas seleccionando el atuendo más adecuado. Luego, pasas otro par de horas planchando. Quieres quitar hasta la más mínima arruga. Escoges tus zapatos. Los que mejor vayan con tu pantalón. Los boleas una y otra vez hasta que brillan, hasta que rechinan.

Ese día te irás temprano a la cama y soñarás con el empleo que esperas amarrar el día siguiente.  Ese que te hará cambiar de vida. Ese en el que podrás aplicar todo lo que has aprendido. En el que todos los datos y todas las teorías y conocimientos se volverán útiles.

Te despiertas muy temprano y a la primera. Enciendes la cafetera. Y prendes el calentador de agua. Preparas el desayuno y te bebes un café exquisito. Por alguna razón hoy te sabe mejor que los días anteriores. Te das una ducha. Te vistes. Y te tomas tu tiempo para peinar tu cabello. Haces todo lo necesario para lucir impecable. Miras la hora y ves que tienes tiempo de sobra. Enciendes el televisor y ves las noticias un rato. Luego sales a la calle en busca de tu destino.

Caminas a la esquina. Esperas el microbús, enciendes un cigarrillo, repites en silencio los datos que debes memorizar, piensas en todas las preguntas posibles que te harán en la entrevista. Y tratas de memorizar todas las posibles respuestas que tendrás que dar. Tienes que prepararte. No hay mucho problema, sabes lo que tienes que hacer y sabes que eres bueno en ello. El microbús se acerca y tu estas observando las puntas de tus zapatos
negros. Tienes que prepararte. Metes la mano en el bolsillo, juegas con las
monedas, por fin escoges una moneda de diez pesos, los aprietas con el puño y alargas el brazo para tomar firmemente el barrote de fierro del microbús que nunca se detiene, saltar, abrirte paso, pagar el pasaje, acomodarte difícilmente entre los pasajeros apretujados que viajan de pie, apoyar tu mano derecha en el pasamanos, apretar el portafolio contra el costado y colocar distraídamente la mano izquierda sobre tu celular para escuchar música.

Vas a una entrevista de trabajo.

Al llegar a una avenida muy concurrida el micro se detiene y casi todos los pasajeros bajan. Queda casi vacío. Hay muchos lugares disponibles. Te sientas hasta el frente justo detrás del conductor. Pasan unos instantes y el chófer vuelve a poner en marcha el armatoste camino hacia el metro. Poco a poco va recogiendo más pasajeros. El micro se va llenando otra vez hasta que ya no hay ningún lugar disponible. Lo curioso de todo esto es que, extrañamente, a excepción tuya y el chófer… El resto de los pasajeros son mujeres.  Tú y el chofer los únicos hombres en un microbús que ya va lleno de nuevo.  Te quedas pensando que quizá es la hora feliz puesto que estás rodeado de damas y la mayoría son muy guapas.

Echas una mirada al rededor… Te deleitas la pupila. No puedes evitarlo. Pero intentas hacerlo disimuladamente.  No quieres ofender a ninguna  de las presentes. Pese a todo guardas el respeto que te merecen. No las miras más de dos segundos. No vaya a ser que perciban en ti una mirada lasciva que las incomode.

Todo tranquilo en el trayecto. Hasta que al llegar a la calle 7. Sube una mujer obesa, muy obesa.  Y se sienta a tu lado. Seguida de ella se sube otra mujer, es una güera de hermosas facciones, delgada, con un cuerpo que seguro te provocará un paro cardíaco. Te quedas mirándola, no puedes evitarlo. Te fascinan las güeras. La sigues con la mirada. La mujer a tu lado se te queda viendo y te dice que se te va a caer la baba o se te va a quebrar el cuello. “Todos los hombres son unos morbosos.” La ignoras, no tiene importancia. Piensas que está celosa de que esa chica atraiga las miradas.

Unas calles más adelante el transporte vuelve a parar. Suben unos y bajan otros.

Sube otra mujer, esta vez es una muchacha de unos veintitantos, está embarazada y además trae a otro niño de meses en brazos y una pañalera. Apenas y puede sostenerse. La miras pero no le pones mucha atención. Tú estás ocupado en tus asuntos. Sigues repasando las posibilidades de lo que podría pasar en la entrevista. Estás pensativo. Algo te saca de tus pensamientos. Puedes, de algún modo percibir las miradas de tus compañeras de viaje. Miras al rededor y todas ellas te miran raro, y hacen gestos y mueven la cabeza. Te das cuenta de que reprueban tu actitud. Volteas para un lado y ves a la mujer embarazada y que trae a un niño en brazos. “Ah, se trata de eso”. Al fin caes en la cuenta. Intentas levantarte pero la mujer sentada a tu lado con su inmensa humanidad te constriñe, te recarga el peso de sus asquerosas lonjas y no puedes levantarte. Y esa mujer no hace nada, no se mueve ni un milímetro. Incluso hasta voltea y hace un horrible gesto. La otra mujer, la embarazada, te mira y sonríe. “No te preocupes, aquí voy bien, de todos modos ya voy a bajar a la siguiente avenida, no te levantes, gracias de todos modos”. Le devuelves la sonrisa. Intentas acomodarte pero las lonjas de tu compañera han ganado más terreno. Te recargas un poco, intentas hacerle saber que necesitas un poco más de espacio. Pero esa mujer se ofende o algo así: “No muy ancho, chamaco”. La embarazada desciende del colectivo. Y tú le dices muy diplomaticamente a la gorda que el asiento es para dos personas pero que ella esta invadiendo el lado que te corresponde. Ella se ofende. Te dice que eres un grosero. Un maleducado. Y que aparte no eres nada caballeroso. “Estás viendo a la embarazada con un niño en brazos y ni siquiera te dignas a cederle el asiento, y luego todavía me llamas gorda”. Prefieres ignorarla. No le das importancia. No tiene caso ponerse a discutir. Pero esa mujer no se calla. E insiste en que la mayoría de los pasajeros son mujeres y que tú deberías ir de pie. “No hay duda de que se acabaron los caballeros”. Te dan ganas de levantarte, más que por caballerosidad lo harías por alejarte de esa mastodonte y sus comentarios. Los cuales ya han hecho eco en las demás pasajeras y, pese a que traes puestos los audifonos, escuchas los comentarios de las demás. No sólo eres un grosero y nada caballero, también eres un morboso.  Haces oídos sordos, subes el volumen de la música.

Al fin termina el trayecto en microbús.  La gente desciende del colectivo. La gorda al fin esta fuera de tu alcance. Y también te bajas. Caminas hacia la entrada del metro. Vas a la taquilla. Compras unos boletos. Luego te diriges a los andenes. Todo parece tranquilo. Tomas asiento y esperas a que el tren se llene de gente y empiece a andar. Y casualmente, la misma gorda del microbús aparece. Ya no hay lugares. Y casualmente eres el único hombre a la vista. Y la gorda empieza de nuevo con sus comentarios. Tratas de ignorarla. Pero tanto va el cántaro al pozo hasta que se rompe. Sigue diciendo comentarios estúpidos. Hasta te insulta.  “Viendo que hay tantas damas y este huevon que no se para”. Ha colmado tu paciencia. Y explotas. Y le contestas. Le dices que se calle y que mejor se ponga a hacer ejercicio. “Maldita gorda ya me tienes hasta la madre”. Le dices que ya es bastante con tener que soportar su asquerosa presencia como para todavía tener que soportar la sarta de pendejadas que emanan de su boca. El pleito es con ella, pero empiezan a atacarte de diversas partes. Otras mujeres empiezan a agredirte. Y tú ya no sabes que hacer. Piensas que mejor te bajarás en la próxima estación. Pero tampoco quieres darles ese gusto. ¿Qué se creen esas viejas? ¿Creen acaso que por ser mujeres uno tiene que soportar sus  insultos y quedarse callado?

Estás de malas. Estás por explotar…

Continuará…

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