Sueños Hasta la Muerte

Aquella mañana, Él y Ella habían disfrutado de una buena charla durante el desayuno, además de unos exquisitos molletes, café y jugo. Él hojeaba la prensa y Ella disfrutaba del desayuno, sin el peso de las dificultades propias o ajenas. La vida era bella.

Él es un hombre bien parecido, profesionista exitoso. Ella, su mujer, es dueña de una gran personalidad, elegante, capaz de atraer a cualquier hombre.

Tenían una casa grande, equipada con todo lo necesario y más, era una casa muy acogedora. Tenían además otras propiedades, una en el campo, otra en la playa. Vacaciones frecuentes, viajes al extranjero, amistades con clase. Juntos parecían la pareja perfecta. Lo eran.

Después del desayuno se despidieron y cada uno se fue a hacer sus respectivas labores. Él en la oficina. Ella en el hogar.

Al rededor de las tres de la tarde, Él llamó a casa y le pidió a su mujer que se preparara para salir. Irían a cenar fuera. Ella aceptó encantada. Le fascino la idea de una cena romántica.

Ese día cenaron en un restaurante francés. Bebieron Oporto.  Él pidió el chucrut alsaciano con su acompañamiento. Ella comió la costilla de ternera con calvados.

Estuvieron riendo y disfrutando como cuando eran jóvenes y comenzaba su relación. Miles de anécdotas acompañaron la velada.    

Volvieron a casa poco antes de la media noche. Él se despojó del saco y la corbata, las votó allí mismo en la sala.  Puso un disco con la música favorita de ambos. Abrió una botella de vino, sirvió dos copas.

Brindaron y cantaron.

Luego, hicieron el amor.

Cuando Ella se quedó dormida Él se levantó. Lo hizo con mucho cuidado, aguantando la respiración, como asegurándose de no hacer ni el menor ruido, tomó sus pantalones y salió lentamente de la habitación. Fue hasta el pequeño despacho que había improvisado en su casa meses atrás. Encendió las luces. Cerró detrás de si la puerta. Buscó en el escritorio un bolígrafo y un papel en que escribir. Se sentó y rápidamente, pero con mucho cuidado, redactó una nota. Del cajón izquierdo del escritorio sacó un sobre rojo, dobló el papel en el que acababa de escribir su nota y lo metió cuidadosamente en el sobre. Lamió aquel sobre y lo selló.

Del lado derecho del escritorio, en el segundo cajón, sacó algunos documentos y demás cosas que había depositadas en el. Deslizó su mano por la superficie del interior del cajón hasta dar con un pequeño hueco. Introdujo su dedo índice y levanto el doble fondo que se escondía. Sujetó con fuerza el revólver que  había estado allí desde hace mucho tiempo. Era un magnum 357, igual al  de su abuelo.

Lo sacó lentamente. Lo examinó tranquilamente. Abrió el tambor y abasteció las ocho recamaras. Puso el seguro al arma, se levantó y la metió detrás de su cintura. Cogió el sobre. Miro alrededor de su despacho por unos momentos. Su mirada se detuvo en la fotografía que había en la pared de su lado izquierdo. Caminó hacía ella. La miro fijamente. En ella aparecían él y su esposa. La retiró de la pared, le arrancó el marco y se guardó la foto en el bolsillo izquierdo del pantalón. Luego, volvió a colgar el marco vacio. Se dirigió a la puerta y antes de apagar las luces echó un último vistazo a su despacho.

Regresó a la alcoba donde Ella dormía a pierna suelta. La luz tenue de la luna llena, que entraba por la ventana, iluminaba el bello rostro de su mujer, en el  que por momentos se dibuja una sonrisa. Él la contemplaba como tantas veces lo había hecho antes. Allí frente a ella, pensó que podría permanecer despierto toda la noche sólo para mirarle y escucharle respirar. Mirándola sonreír mientras duerme. A lo lejos, y soñando.
”Podría pasar mi vida en esta dulce tarea. Podría quedarme perdido en este momento para siempre. Ya que cada momento que pasé contigo es un tesoro. Verte dormir es algo que atesoraré por siempre”.

Ella despierta de pronto. Al no sentirlo a su lado intenta incorporarse. Lo ve allí al pie de la cama entre penumbras. “¿Qué haces allí? Vuelve a la cama”. Él sólo sonríe. “No pasa nada, cariño. Sólo quería verte a la luz de la luna. Te ves preciosa”.

Ella sonríe complacida y halagada. Le extiende los brazos y lo invita a que se acueste con ella de nuevo. Él se acerca, le toma de las manos. Le da un beso. La tranquiliza. Le dice las palabras más dulces que existen. La recuesta y le arropa. Le besa la frente. Se arrodilla a un lado de la cama sin soltar su mano hasta que ella vuelve a caer en un sueño profundo.

Cuando ella se queda totalmente dormida, al fin suelta su mano. Se levanta.

Empuña el revólver,

                        le quita el seguro…

                                                              Y le mete tres tiros.

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