Ángel de la Mañana: Una Historia Real

 

15 de julio 6:50 a.m.

 

Los primeros rayos de sol acarician los edificios, los autos avanzan lentamente por las avenidas, los transeúntes caminan presurosos por las calles, es la ciudad, es la alborada, es el amanecer. Es el comienzo del pandemónium de cada día.

Salí a dar un paseo matinal. Bueno, para ser sincero, de hecho, iba a una entrevista de trabajo. Es temprano. El clima está templado. No hace frío, ni calor. Es una deliciosa mañana. Decido caminar.

Caminaba sobre la avenida Pantitlán rumbo al oeste cuando la vi. Fue casi por casualidad. Gire la mirada a mi lado izquierdo. Vi a una chica caminando sobre el amplio camellón ajardinado que divide los dos sentidos de la avenida. Casi parece que flota sobre el césped. Es hermosa. Parece un ángel. Si. Creo que vi a un ángel. Al menos así es como me imagino que debe lucir un ángel. Ella tiene la gracia, la simpatía y el encanto. La belleza y la inocencia. De eso estoy seguro.

Debía tener al menos unos 16 años. De piel blanca. Un rostro muy bello y delicado. Con un maquillaje bastante sobrio, adecuado, elegante. Cabello largo y negro. Traía puesta una blusa color negro, sin mangas y con un escote pequeño y disimulado. Un bolso negro y pequeño en el hombro. Unos jeans azules a la cadera que delineaban a la perfección su esbelta figura. Aún no había visto sus zapatos. Esos los vería hasta el final.

Me quedé observándola mientras ambos caminábamos. Yo en la banqueta, ella por el camellón. Sólo nos separaban unos metros. No sé si sintió mi mirada pero volteó. Yo le sonreí. Creo que se sonrojó. Pero igual me devolvió la sonrisa, luego siguió su andar.

Al llegar a la calle de Xochimilco me detuve frente a la gasolinera. Tuve que hacerlo. Los autos entraban y salían de ahí para luego incorporarse de nuevo a la vialidad, que a estas horas comienza a congestionarse lentamente. Una patrulla estatal detiene a un conductor para infraccionarlo a un lado de donde estoy.

Unos metros adelante, sobre la avenida, hay un retorno para los automóviles y que atraviesa el camellón en un pequeño tramo. La vi, al ángel, cruzar el retorno y esquivando a los automovilistas que lo usan. Me pareció bastante temerario de su parte. Bastante osado y hasta imprudente. Llegó de nuevo al camellón. Pero ya no se metió al área verde. Se paró en el extremo que seguía. Se detuvo en la pequeña acera que rodea al camellón para cruzar la avenida.

Pensé que si cruzaba la avenida en ese lugar, al llegar al otro lado nos encontraríamos. Y allí yo intentaría hablarle. Claro ¿por qué no? “Puede que pueda ser”. Así que caminé lentamente para forzar a ese encuentro “casual”. Creo que volvió a mirarme mientras esperaba poder pasar. Quizá intuyó mis intenciones, no lo sé.

Luego, ella permaneció inmóvil un instante. El soplo suave y apacible del aire matinal levantaba su larga y hermosa cabellera. Se la alborotó un poco. Deslizo sus manos por su frente para acomodarse el flequillo que le viento le ha puesto sobre la frente. No lo sé, pero me pareció que ese hálito, casi celestial, destacaba sus encantos femeninos. Resaltaba aún más toda su feminidad.

La vi sonreír otra vez. La imagen que veía era única. Había una chica, una joven mujer, bella, inaccesible, indiferente, con el bolso ahora en su mano izquierda, esperando el paso, a merced del viento que le revolvía su cabello.

Estaba encantado con esa imagen. Caminaba lentamente. Contando los pasos. Esperando coincidir con ella en la siguiente calle. Faltaba poco.

La avenida estaba despejada. Dio un paso. Dos. Tres. Lentamente. Al tiempo que hacía a un lado el cabello que, a causa del aire, le cubría la cara. Estábamos por coincidir. No llevaba ella atravesada ni media calle cuando…

Un giro inesperado.

El chirrido de unos neumáticos frenando violentamente aturde mis oídos. Luego se escucha un golpe fuerte y seco.

Inesperadamente estoy viendo volar a esta bella chica.

Casi de la nada salió un taxi. Había dado vuelta en u en el retorno. Y embiste violentamente a mi ángel. La golpeó a la altura de la cadera. Su espalda y su cabeza dan otro golpe violento contra el cofre. El coche se ha detenido pero ella sale rebotada hacía el frente a causa de la inercia.

Está volando. Y ésta vez es de verdad.

Cae de espaldas contra el pavimento. Con las piernas arriba. La cabeza de la chica vuelve a golpear de un modo violento. Pero ahora contra el piso.

Me quedó paralizado ante tal imagen. Estoy estupefacto. Boquiabierto.

La chica se retuerce del dolor. Intenta levantarse casi al instante después del impacto. Lo hace. Se lleva la mano izquierda a la cabeza, la derecha a la espalda. Puedo ver en su rostro el dolor. En sus ojos las lágrimas. En su mano izquierda la sangre. Luego vuelve a caer de espaldas. Todo pasa tan rápido.

Se queda inerte por un momento.

El pavimento se empieza a teñir de sangre.

Quiero correr en su auxilio pero no puedo. Sigo inmóvil y sin poder creerlo. Sólo puedo mirar. Mis piernas no responden.

El conductor del taxi se lleva las manos a la cabeza. Está asustado. Está en shock. No intenta huir ni nada. Sólo se queda en el auto con las manos en la cabeza. Se escucha la sirena de una patrulla, es la misma que vi unos pasos atrás. Se estaciona a la mitad de la avenida para cerrar el paso a los demás automóviles. Se bajan tres policías. Dos auxilian a la chica y el tercero se apresura a detener al conductor. El tipo sigue paralizado. Le ordenan que descienda del vehículo, pero no se mueve. Es como si no escuchara. Le repiten la orden. No hace caso.

El policía saca su arma y le apunta a la cara. “¡¡Baja del vehículo ahora, cabrón!!”

Al fin se baja. Como le habían dicho. Se nota que está asustado. Desciende con las manos en alto y gritando:

–No la vi. No la vi. No fue mi intención. Ella se me atravesó. No es mi culpa.

– ¡­Ah! ¿Con que no la viste cabrón? –Le da un golpe con la pistola en la ciática, luego se la guarda en la funda de su cinturón. Agarra de los cabellos a aquel hombre y lo obliga a mirar.

–Pues mírala bien hijo de la chingada, para que no se te olvide que ya la desgraciaste.

El taxista comienza a llorar. Cierra los ojos. Se rehúsa a mirar. Un golpe más a la ciática y al fin lo hace. Chilla: “¡¡No fue mi intención, lo juro por Dios, Fue un accidente!!”–El policía lo vuelve a golpear, ahora en la cabeza. Luego lo conduce a su patrulla, lo sube y cierra la portezuela.

Mientras tanto otro de los policías le habla a la chica ­

–“Oiga, señorita ¿Puede oírme? Trate de calmarse, la ayuda ya está en camino, tranquila “.

–Ni se te ocurra moverla, espera a que llegue la ambulancia–le dice su compañero–quizá se haya fracturado la columna o yo qué sé. Déjala quieta. No la vayas a mover.

Al fin puedo moverme de nuevo. Intento acercarme. La chica está inmóvil. Un policía me impide el paso. “Nadie se acerque, nosotros nos haremos cargo, ya solicitamos el auxilio de paramédicos”–me dice. No puedo acercarme más. No lo intento. Estoy parado a un lado de donde sucedió el accidente.

Parece que la chica llora. Se lleva la mano a la cabeza. La sangre parece que empieza a ser más abundante.

Da la impresión de que quiere decir algo. Pero no puede. Sólo se queja. Brotan las lágrimas.

Los coches se empiezan a amontonar en la vialidad que está cerrada. Algunos cortan camino por las calles perpendiculares. De todos lados aparece gente curiosa. Las aceras, el camellón, la avenida completa se llena de los rostros consternados de los testigos que se van acumulando.

Llegan más patrullas. La ambulancia no llega. Los uniformados intentan dispersar a los testigos. “No hay nada que ver”–gritan.

Otro par de ellos despejan uno de los carriles de la vialidad y empieza a dirigir el transito para aliviar un poco el embotellamiento que ya era evidente. Los autos empiezan a circular lentamente.

Uno de los policías levanta el bolso.

Al fin llega la ambulancia. Y con ella, llega un “periodista”, de esos de la nota roja. Uno de los paramédicos le habla a la chica. Ella está totalmente inmóvil. La examinan. No reacciona.

Se ha ido.

“Ya es tarde. No hay nada que hacer. Llamen a los del SEMEFO”–Le dice el paramédico a uno de los agentes.

El otro paramédico le cierra los ojos. Luego, le cubren el cuerpo con una sábana blanca. La sábana le cubre todo excepto los pies. Lleva unos zapatos negros que dejan al descubierto sus dedos. Tienen un moñito. No puedo evitar pensar que son idénticos a los zapatos que usaba “Ella”.

Se ha ido. Ese ángel que vi se ha ido. Quizá regresó al cielo.

Se ha ido no hay nada que yo pueda hacer. Si tan sólo la hubiera dejado de mirar, quizá hubiera visto a aquel auto aproximarse. Quizá hubiera podido alcanzar a gritarle que tuviera cuidado. Un “aguas” aunque sea.

Cuando la vi quedé atraído por su hechizo. Mi mente empezó a imaginar las posibilidades cuando me sonrío al otro lado de la avenida. Pude haberla conocido. Pudo haber sido el comienzo de algo totalmente nuevo y mágico. Pensé en muchas posibilidades.

Pero es hora de enfrentar la realidad: Yo nunca estaré con ella. Al menos no en éste mundo. No en ésta vida.

Nunca imaginé la posibilidad de que esto pasaría.

Nunca antes en mi vida la había visto. No la conocía. Y sin embargo, nunca la olvidaré. Tengo ganas de llorar. Nunca la volveré a ver. No la conoceré. Por un momento pienso que puede haber sido mi culpa. Tal vez si yo no hubiera estado allí esto no hubiera pasado.

Pienso en las terribles leyes de causa y efecto.

El periodista se me acerca. Pregunta si pude ver lo que pasó. Que si puedo contárselo. No puedo.

Me doy la media vuelta. Me voy. No puedo pensar en nada más. Me regresé a mi casa. Mi familia aún duerme. Me meto a la cama de nuevo. Siento ese extraño sentimiento en mi pecho. Siento ese hormigueo en la nariz que da antes de llorar. Siento las lágrimas en mis ojos. Pienso en Silvia. Pienso en Nataly, en María Elena, en Fanny, en Andrea…

Pienso en “Ella” y en Paola.

Ojalá que estén bien.

Pienso en ese ángel que voló al cielo. Imagino sus alas teñidas de rojo. Me avergüenzo de todas las posibilidades en que pensé.

De pronto todo es tranquilidad. De pronto estoy dormido.

Dormí un par de horas. Quiero pensar que todo fue un mal sueño pero no. Fue real.

Un Ángel voló al cielo.

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2 thoughts on “Ángel de la Mañana: Una Historia Real

  1. Muy triste, hisiste que llorara contigo. Pero que bueno que pudiste escribirlo, eso ayudara para que te sientas mejor. ¡¡Animo!!. Todo tiene un porque aunque sea dificil entender.

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