Nataly. El Big Bang y la Vía Láctea.

 

Sólo la estoy mirando. Es hermosa. Le rindo pleitesía a su belleza. A su cuerpo. Sus ojos seductores. A toda ella. La tengo a mi alcance.

De pronto esta tan cerca de mí. Siento su calidez. La tengo entre mis brazos y me lleno de todo su ser.Su fuego me quema. Mi cuerpo reacciona como por instinto. Mis manos se mueven solas. La recorren palmo a palmo. Toda ella está resbaladiza por el sudor. Nos besamos. El fuego nos va consumiendo lentamente. Y va creciendo y creciendo. Hay un incendio en la habitación. Estoy ardiendo entre sus llamas. El fuego que emana me llena y me devora. Y yo se lo agradezco.

Ella grita mi nombre entre cada suspiro. Hace que suene como si fuese una canción. Ambos gritamos. Aullamos como dos gatos en celo. Somos uno.

Ella es un volcán en erupción. Y yo,  “¡Soy el Cenit Pasional, llegando al punto máximo de comunión…!”

Hay una explosión, El Big Bang ha ocurrido…  el universo se expande y entre los confines de ese universo surge la vía láctea.

Hay una pausa.

De pronto Todo es silencio.Todo es paz y tranquilidad. Nuestra respiración es agitada. Gradualmente vuelve a la normalidad.

Sollozamos y gemimos como dos niños.Nos reímos.

“Me siento tan feliz”–Susurra ella en mi oído. Suspira.

Yo también me siento tan feliz. Pero no se lo digo. Me guardo esta dicha para mis adentros. Le respondo sólo con una sonrisa. Ha sido increíble. Siento que sobrepasa mis límites, ni en mis sueños más salvajes experimenté algo parecido.

Se acurruca en mis brazos. Esta exhausta. Rápidamente ha caído en un sueño que parece tan profundo. La envuelvo con mi cuerpo. Todo es tranquilidad. Ella duerme y yo hago un esfuerzo para mantener esa paz.

Pero no puedo.

Todo ha sido casi perfecto. “Casi”. No dejo de pensar en ello. No dejo de pensar en Nataly. Todo fue tan genial, casi perfecto. “Casi”, porque por más que lo intento ya no me puedo contener. No puedo evitar las nauseas al final de la batalla.

Llega el momento en que no puedo más. Salté corriendo de la cama directo al baño a vomitar. Esta vez ya no pude evitarlo. Ella se despierta, salí tan bruscamente que le arrebaté su bello sueño y esta vez se dio cuenta. “¿Qué te pasa?”–me dijo. No sabía que decirle. Intenté excusarme diciéndole que tal vez me había echo daño algo que comí. No me cree.

 “No es la primera vez que te pasa esto, ¿qué pasa? ¿Es que te doy asco? ¿Estoy tan fea que te hago vomitar?”. No sé que decirle. Está molesta. Está triste. Me quedo callado.

Se recuesta nuevamente, me da la espalda. Me acomodo a su lado, le abrazo. No me corresponde. La tomo de las manos y entrelazamos nuestros dedos. Me aprieta con fuerza al mismo tiempo que ahoga los sollozos de un llanto casi mudo.

Pasa un rato. Todo está en calma.

Ella gira hacía mí. Me mira a los ojos. Y vuelve a preguntar: ”¿Qué es lo que pasó? ¿No te gusto? ¿De verdad te doy asco?”

Le digo que es una reacción extraña. No es culpa de ella. Me pide una explicación. No la hay. “Esto me parece muy extraño”. Me pregunta si siempre me pasa esto o sólo es con ella. “Anda, puedes sincerarte conmigo, no quiero que nos ocultemos nada”. Le digo que siempre me pasa esto. Desde que era adolescente. Desde que di el primer beso. Todo va bien, ella se porta comprensiva. Todo va bien hasta que cometo un error: Le digo que siempre me había pasado esto excepto por una persona, “Con mi ex novia nunca tuve este problema”.

Una nueva batalla comienza. Es explosiva. Pero no es placentera. Para nada que lo es.

Continuará…

 

 

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