“El Último Acto de Un hombre Libre”

 Por años había estado pasando por su cabeza. Años de angustia pensando en esa idea.Pero nunca tuvo el valor de cruzar ese umbral. Solía espantarlo de sobremanera esa idea. “Pero hoy no”. Ese día era diferente, en verdad estaba ansioso de volarse los sesos.

El sol se pone en una dulce tarde de verano. Las gotas de lluvia resplandecen sobre la hierba y se evaporan sobre el metal estirado que forman las vías del tren.Acaba de escampar. Entre las vías férreas, sobre un durmiente hay un hombre.Después de tantas horas de caminar encontró al fin el sitio adecuado para su oscuro propósito. Le había costado un poco encontrar un lugar tan solitario como lo era ese. Sintió que estaba en medio de la nada, se oye el ladrar de unos perros. Siente una brisa cálida que acaricia su rostro. Después todo es silencio. Es la señal que esperaba. Sujeta con  fuerza el revólver que traía oculto entre sus ropas. Lo exhibe para si mismo. Apunta hacia ninguna parte. Lo mira. Le pone una bala. Lo pone en su sien.

¿Quién era ese hombre?

Su nombre era Teodoro, ¿o Pedro, o Max? ¿Quién sabe? Ni él mismo lo sabía ya. Lo único que pasaba por su mente era que quería volarse los sesos para liberarse de su pesar. Está listo. Sólo falta jalar el gatillo. Cierra los ojos y por su mente desfilan los que, está seguro, serán sus últimos pensamientos. Aquellos mismos que habían estado rondando su cabeza los últimos meses.

Se había dado cuenta de que en una ciudad de diez millones era sólo un número, un zumbido. Por  más de diez años había estado en el mismo trabajo en una multinacional financiera. Haciéndose camino por la escalera por encima de los mandos medios. Yendo siempre hacia arriba. Pero se sentía vacío. Estaba en camino de gastar el resto de su vida en una ocupación insípida pero que le daría un sueldo atractivo. Un empleo que no era nada de lo que hubiera esperado, excepto por el dinero.En el camino en que tristemente muchos de nosotros estamos. Se sentía decepcionado. Se sentía solo. Se sentía miserable.

Algunas cosas se le habían perdido en la vida. Y además, el mundo y todos los imbéciles que habitan en el, lo enfermaban.

Fueron desfilando los recuerdos. Los malos recuerdos. Hacía 8 años su prometida lo había dejado a un paso del altar y desde entonces ya no es él mismo. Había adquirido una tercera personalidad, olvidando completamente su primer y segundo ser. Esta nueva personalidad es fría, desconfiada y tiene muchos problemas con su madre y el resto de su familia.

Desde entonces se refugió en el trabajo. Al principio funcionó. Después el trabajo se apoderó de él. No volvió a tener vida social. Su vida eran números y estadísticas. Las personas se convirtieron en números para él.

Todos tenemos límites. Y cosas extrañas pasan cuando somos empujados más allá de esos límites. Aquel hombre sintió que sus límites habían sido sobrepasados ese mismo el día en que se dio cuenta de que estaba envejeciendo y de que el mismo era sólo un número más.

Aquel día que le informaron que sería ascendido de nuevo. ¿Por qué? Había hecho quebrar a una empresa de la competencia, que había dejado sin empleo a mucha gente. Por haber convertido un bosque en un terreno árido y desierto, por haber convertido una parte de una reserva natural en un nuevo basurero, por haber instalado un nuevo supermercado en una colonia popular y haría quebrar dentro de poco a los pequeños comerciantes de esa zona.

Hacía del mundo una mierda. Y lo premiaban por ello.

Miro el revólver que tenía en la mano derecha. El boleto para la salvación. “Esto es lo que necesito”.

Recordó el cómo fue que adquirió aquello que consideró el boleto para su salvación. Acudió a un viejo amigo llamado Antonino. Se decía que él tenía muchos contactos en los bajos mundos. Teodoro esperaba que aún hoy tuviera los contactos necesarios.

Lo encontró en las canchas de baloncesto de la colonia. Allí mismo donde solía jugar. Sentado en el mismo lugar de siempre. Lo saludó. Lo miró fijamente a los ojos. “¿Puedes conseguirme una pistola?”. Antonino alcanzó a percibir la desesperación que Teodoro desbordaba en la mirada. “Pues de poder, de poder si puedo, si podría, pero pues ¿Tú para que quieres una de esas cosas? Acuérdate que las armas son cosa del diablo”.  Teodoro se estaba desesperando. “¿Puedes o no conseguírmela? No te preocupes que puedo darte tu buena compensación”. A Antonino le brillaron los ojos. “Pues déjame ver, yo mañana te tengo una respuesta”. “No, no, no. Nada de que mañana. Te estoy diciendo que me urge. La necesito para ayer”.  “Pues si pero tampoco me hables así. Y acuérdate que esas son cosas serias y no las venden en las farmacias. Además ahorita estoy ocupado ¿cómo quieres que le haga?”.  Se tomó un respiro. Trató de tranquilizarse. Le puso un fajo de billetes en la mano. Antonino guardo los billetes, le cambió la cara, se levantó y le dijo que en un momento regresaba.Se fue caminando a hablar con unas personas, iba  algo desconcertado. Sintió hasta cierto temor. Siempre había considerado a Teodoro como un tipo frío pero al mismo tiempo tranquilo y gentil. Se preguntó que qué estaría tramando y para qué querría un arma.Hoy tuvo otra opinión de él. Le pareció siniestro.

Antonino regresó a los diez minutos.  “Vámonos, ya tengo el contacto”. Salieron juntos de las canchas y abordaron el auto de Teodoroy se encaminaron rumbo al barrio donde vivía Antonio. No estaba muy lejos. Haría  una media hora de viaje.

Antonio intentó hacerle la plática. Pero pronto esa plática se convirtió en uno de los monólogos acerca de su vida familiar que acostumbraba recitar cada que tenía oportunidad. Teodoro sólo se limitó a escuchar las desventuras que Antonino vivía con sus tres hijas y su esposa. De lo caro que está la vida, lo difícil que es viajar en metro, del baloncesto, del futbol y de todo lo que él haría si estuviera en los zapatos de Javier Aguirre.

Al fin llegaron al lugar indicado. Antonino hizo la gestión necesaria.  “Ya está, pero oye, piénsalo. Yo no sé para que quieres esa cosa, pero piénsalo, no vayas a cometer alguna locura, todavía estás chavo, piensa en tu señora, en tus hijos”. Teodoro le respondió con cierto pesar que no era casado. Alguna vez tuvo la inquietud de ser padre. Pero se convenció de que la vida le había negado esa posibilidad. “Bueno, piensa entonces en tu jefecita. No te vayas a meter en problemas. Ya ves que luego cuando anda uno de malas no piensa en las consecuencias que luego le acarreamos al resto de la familia, piensa uno que es cosa nomás de nosotros pero al final nos llevamos a mucha gente entre las patas”.

Ya había pensado mucho en eso, más de lo que Antonino se hubiera imaginado. Tenía todo preparado. Lo único que le faltaba era la pistola. Ya estaba decidido y no habría nada que le hiciera cambiar de opinión en una decisión que hasta ese momento pensó que debió haber hecho desde hace mucho. Teodoro entro en la casa que le habían indicado. Una mujer lo esperaba, cerró la puerta y lo condujo por un pasillo todo mugroso que llegaba hasta el final de la casa. Bajaron por unas escaleras hacía una especie de sótano lúgubre donde le esperaba un hombre alto y fuerte y con gesto adusto. Con el Ceño fruncido por la edad y por todo aquello que significaba a lo que se dedicaba.

“¿Así que busca un arma?” Teodoro asintió con la cabeza. “¿Cómo qué es lo que anda buscando?” “Algo ligero. Es para protección personal, usted sabe.”

Aquel hombre sonrío. En realidad a él le daba igual para lo que fuera a utilizar lo que le vendería, siempre y cuando tuvieran con qué pagar. Lo condujo un poco más al fondo del sótano,esquivando cajas y chácharas guardadas allí quien sabe desde cuando, hasta una mesa que estaba cubierta con una manta. Quitó la manta para dejar al descubierto todo un completo arsenal. Desde armas ligeras hasta granadas de mano. Todo lo necesario para iniciar una pequeña guerra si así lo quisiera. Podría haber hecho la nueva revolución de éste 2010.

“He aquí mis armas. Sólo vendo armas de calidad. Imposibles de rastrear. Toda venta es final, todo precio negociable”. Procedió a mostrarle sus armas.

Glock, semiautomática, 9mm. Mango en polímero, tambor de 11,4 cm, 0.6 kg y cargador de 10 rondas. Puedo cobrarle $4500, valor inferior al del mercado.

¿O quieres una en cromo que impresione a las chicas? Tengo una Llama Mini Max 0.38 Súper Auto, semiautomática. Es cromo satín, mango de gaucho, 3 miras, tambor de 8.9 cm, mango reducido, recarga rápida. Con cargador de 8 rondas. No te mentiré. Esta arma no es la gran cosa pero te aseguro que hará el trabajo. Y por eso mismo puedes salir de aquí con ella por $3500.

¿Buscas poder? Esta arma tiene poder, fuerza y una gran reputación. Revólver mágnum Smith calibre 357. Con mango de gaucho tipo combate, miras delanteras, tambor de 5cm. Liviana, sólo 57 gramos, 8 disparos, doble acción. Si lo que buscas es impacto y poder, la Mágnum satisfará tus necesidades.

¿Eres práctico? He aquí un clásico. Una pistola Beretta de 9 milímetros con cargador de 12 balas, es una de las pistolas más conocidas. Y hablando de fama ¿Qué tal una colt 45 milímetros automática?

Teodoro escogió el revólver 357. Su abuelo era hombre de armas, ferviente defensor del revólver, resaltando siempre su mayor exactitud, fiabilidad y seguridad que el de las armas automáticas.

“¿Cuánto?”

“$5000 y en efectivo. Es toda una maldita obra de arte. Un arte mortal”. Teodoro no lo pensó dos veces. “Ok. Me la llevo”.

“Ya está. Bienvenido al escuadrón de la muerte. Tienes al alcance de tu mano un gran poder. Y con un gran poder, tienes una gran responsabilidad –Soltó la carcajada– Siempre quise decir eso, no cabe duda que Stan Lee era grande”. Era lo que les decía a todos los que les vendía un arma.

Teodoro cogió el revolver y lo guardo entre sus ropas.

“¿No vas a necesitar munición? Esa la vendo por separado.”

“Ok. Sólo llevaré una bala. Es todo lo que necesito. “

“Bueno. Quiero suponer que debes tener una puntería excelente, pero aquí no es una tiendita. No vendemos balas sueltas”.

“Muy bien. Dame una caja”.

“¿Alguna clase en particular? Esta belleza es versátil“.

“¿Cuáles son las que hacen más daño? “

“Punta hueca”.

“Punta hueca será entonces.”

“Estás harán un gran daño a cualquier cosa que le dispares.”

“Eso es bueno saberlo”.

¿Estás seguro de que no quieres más? ¡Nunca se sabe cuando, ni cuantas vas a necesitar! Recuerda que más vale que sobre y no que falte– Se carcajeo de nuevo.

Teodoro salió rápidamente de aquel lugar. Deambuló por las calles por un largo rato. Durante su trayecto al pasar por una calle solitaria se topo con una pareja que charlaba plácidamente. Se notaba que eran felices y se querían. De sólo mirarlos su mente evocó las memorias reprimidas de cuando era feliz con Sandra. Al pasar junto a ellos alcanzó a escuchar la dulce voz de la chica: “Te amo mi vida, ya nunca más podré estar lejos de ti, te amo…” Y un par de cosas más. No aguantó más. Giró. Tocó al chico por el hombro. “No le creas, todas son iguales, todas dicen lo mismo. Te va a terminar rompiendo el corazón. ¡Te va a destrozar el corazón!”–Le gritó en un tono casi desesperado. El novio reaccionó desconcertado. La mirada de Teodoro le pareció hasta familiar, había visto esa expresión antes. La novia se asustó, así que el chico empujó al tipo loco que le hacía advertencias sobre las mujeres–“Oye, ¿qué te pasa? ¡Lárgate imbécil! No es asunto tuyo”. Iba a asestarle un golpe.

“Tienes razón. No es asunto mío. Discúlpame”–Le dijo Teodoro– al mismo tiempo que, como por instinto, su mano se deslizaba hacía el revolver que llevaba entre la ropa. Pensó que si quería podría usar el arma contra ese chico y esa pequeña traidora. Recordó las palabras del traficante de armas: “Es cierto, tengo un gran poder al alcance de mi mano, ¿Qué haría este chico, que se hace el valiente para impresionar a su novia, si le pongo el arma en la cara?” Desechó la idea de inmediato y se retiró rápidamente.

Siguió su camino y llego hasta las vías del tren. Se paró sobre uno de los durmientes en medio de las vías. El viento acarició su cara. Recordó también algunos pasajes de su infancia.

Los buenos momentos al lado de su familia, las aventuras vividas con su hermano. Las visitas del abuelo, sus charlas sabias. Hubiera deseado ser niño toda la vida. Nunca crecer para no tener que conocer los infortunios de la vida adulta. Sintió la nostalgia, esa tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.

Su mente hizo un largo viaje en el tiempo, desde la infancia hasta este preciso momento. Años de depresión y frustración han construido este momento.

Parecía la hora más solitaria del día. Era el momento correcto. El que había estado esperando. Ese lugar le proporcionó la paz que estaba buscando.

El lugar ideal para estar en paz y poner fin de una vez por todas a su miseria. Odiaba al mundo y se odiaba a sí mismo por no hacer nada para cambiarlo.

De todas maneras ¿Qué podía hacer sólo un hombre? ¿Qué podía hacer un hombre solo?

“Nada”.

“Sólo hay una cosa que puedo hacer.”

Por años había estado pasando por su cabeza. Años de angustia pensando en esa idea.Pero nunca tuvo el valor de cruzar ese umbral. Solía espantarlo de sobremanera esa idea. “Pero hoy no”. Ese día era diferente, en verdad estaba ansioso de volarse los sesos.Había tenido debates internos acerca del suicidio y sus dilemas morales. ¿Era un cobarde o era un hombre libre? El filósofo romano Séneca ensalzaba al suicidio como el acto último de una persona libre. Teodoro estaba atrapado en su trabajo, en sus tristezas y en sus traumas pasados. Quería ser libre. “Tal vez Séneca tiene razón”.

Sacó el arma. La examinó. Abrió el tambor del revolver. Le hizo dar un giro. Colocó sólo una bala. La única que necesitaba. Hizo girar el tambor de nuevo y de un golpe lo acomodó el su lugar. Lo tentó la idea, pero no estaba dispuesto a jugar a la ruleta rusa. El revólver estaba listo. Echó atrás el percutor. Puso el dedo en el gatillo. Está a punto de disparar.

Suena el teléfono celular. “¿Quién será? No importa. Nada ni nadie impedirá mi muerte.”

Y disparó.

Su cuerpo se desploma lentamente. La sangre brota de su cabeza y salpica las vías. Cae de rodillas. Luego de frente cayendo de bruces. Su cara queda contra el piso. Y el revólver queda al lado de su cuerpo inerte.  Brillante, humeante. Esa maldita obra de arte había cumplido con el cometido de su creador.

Se escuchó el estruendo del disparo. Después todo es silencio.

Ya no hay dolor.

Algo extraño sucede. Teodoro se acaba de disparar en la sien. Pero su mente aún funciona. No siente nada pero esta consiente. Sus ojos abiertos aún le permiten ver como la sangre se va expandiendo por el suelo. Puede ver como el cañón del revólver desprende humo. Puede escuchar a su celular que sigue sonando una y otra vez.

“¿Quién será?”–Se pregunta otra vez. Poco a poco su conciencia  se va desvaneciendo. Ahora si vine el final.

“¿Qué hubiera pasado si hubiera respondido al teléfono?”

“¿Habré hecho lo correcto?” Ya no hay tiempo para esas preguntas. Y sin embargo siguen llegando a él mientras se va desapareciendo el último rastro consciente de su mente.

“¿Quién soy yo?”

“¿Quién soy entonces? ¿Quién soy cuando todo ha sido ya dicho y hecho? ¿Un hombre libre o un cobarde?”

Ya no hay tiempo. No hay segundas oportunidades. Ojalá tuviera una segunda oportunidad.

¿Quién era ese hombre? Es lo que se preguntaran Cuando encuentren su cadáver.

Quizá se convierta en un número más. Un puntito más en la estadistica.

Yo debería saberlo. Conozco de números y de medidas”.

Queda un instante de onciencia. De pronto no hay nada. Se ha ido. En el último segundo. Alcanzó a pensar en las posibilidades, en otros caminos. Pero ya era tarde.

“Espero hacer del mundo un lugar mejor. Sin mí.”

¿Fin…?

 

 

 

 

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