El Regreso de Nataly 9

LA PRUEBA DEL BESO

 

Siempre he descrito a mi chica ideal como alguien inteligente, de preferencia que sea güera, de mi tamaño, sincera y honesta. Tiene que poseer algunas cualidades.  Para empezar tiene que gustarme, tiene que parecerme bella y atractiva (aunque no lo sea de verdad o ante los ojos de los demás); tiene que ser inteligente; Graciosa, divertida y con sentido del humor y por último, lo más importante: tiene que pasar la prueba del beso.

Nataly cumple con casi todas. Excepto por la prueba del beso. Sólo he conocido a dos mujeres que han superado esta absurda prueba. Una es Marisol y la otra es “Ella”, si, Rocío Liz.

Desde que recuerdo, respecto a mis relaciones con el sexo opuesto, siempre me ha pasado algo raro: conozco a alguien que me gusta, la cortejo, de algún modo se logran dar las cosas, nos besamos… Pero, después de besarla, o incluso mientras nos besamos, no sé por qué pero me dan unas ganas horribles de vomitar. Y de verdad que no lo entiendo. Son chicas limpias y sanas con las que he salido. En serio que si. Nunca tienen mal aliento ni nada de esas cosas. Al principio creí que podría tener alguna explicación lógica, que había hecho yo algo mal, no sé, lo atribuí a mi inexperiencia. Pero conforme pasó el tiempo y fui conociendo y besando a más chicas la cosa no cambió. A veces en menor o en mayor grado pero siempre me daban ganas de vomitar. Hacía todo lo posible por controlarlas, por disimularlas siquiera, a veces no podía y era inevitable. Me pasó varias  veces vomitar enfrente de ellas. Siempre que esto me pasaba se iban y no las volvía a ver. Algunas chicas me dijeron que las hacía sentir muy mal. No era mi culpa. Ni de ellas. No lo podía, ni lo puedo explicar aún  hoy día. Llegué a pensar que quizá era algo normal, seguro que a todos les pasa. Pero al conversar con amigos y más personas me di cuenta de que eso no era normal.

Recuerdo mi primer beso de verdad.

Mi primer beso sucedió casi al final del último año de la escuela secundaria. No fue como lo había soñado, ni con ninguna de las chicas con las que había soñado. Sucedió allá en el bosque de Chapultepec, junto al lago para ser precisos, con Martha Cecilia.

Conocí a Martha Cecilia casi por casualidad en uno de esos días calurosos de primavera, de esos días en que hace tanto calor que lo que quieres es andar ligero y con poca ropa. Me la presentó Alejandro, uno de mis mejores amigos, justo antes de que terminaran su noviazgo. Ellos terminaron pero yo comencé una amistad con ella. Muy a mi pesar. Era la ex novia de mi mejor amigo. Me parecía un poco raro ser su amigo.

Era una chica delgada, bajita, como de mi tamaño,con una cabellera larga y rubia, tendría aproximadamente unos doce o trece años. Creo recordar que siempre llevaba una chamarra color marrón un poco desgastada, una bufanda negra que apenas dejaba ver tras ella unos hermosos y vivaces ojos, aunque inquietantes, y una flequillobien peinado, de los que hacían furor en aquellos años‘90. Pero, sobre todo, me llamaba mucho la atención que siempre andaba abrigada pese al calor característico de la primavera. Y siempre se veía fresca como la mañana.

Me caía bien, pero hasta ahí. Yo estaba muy atraído por otra chica, así que no tenía ningún interés en Martha. Aunque ciertos compañeros malintencionados quisieron relacionarme con ella y otros, no sé si por envidia o malicia, aseguraron que nos habían visto salir juntos de mi casa en varias ocasiones, lo cierto es que no la llegué a ver más allá de dos o tres veces por los pasillos y algún que otro día en que coincidimos en la calle. A decir verdad, tampoco me hubiera importado que lo que insinuaban hubiera sido realidad pues ciertamente me resultaba muy atractiva.

Aquel día Martha me invitó a pasear al Bosque de Chapultepec. No me pude negar y nos fuimos para allá. Media hora en microbús y otra hora más en metro pero llegamos. Comimos algodón de azúcar, bebimos naranjada, un tipo nos leyó la mano y nos auguró buena suerte, un fotógrafo nos estafó y junto al lago un pato nos salpicó de agua. Ella me abrazaba y se acercaba demasiado a mí, era obvio que quería que la besara. Yo no sabía que hacer. Le rehuía a besarnos. Creo que hasta le dije que no estaba preparado.

          “¿Qué pasa? ¿Nunca has besado a una chica?”

          “¿Qué pasó, cómo crees?”

Claro que nunca había besado a una chica. Pero no iba a decírselo. Yo tenía 15 años y ella 12 o 13. No sabía como hacer para besarle. No sabía si debía usar sólo los labios O si debía usar también la lengua. Y si lo hacía ¿Hasta dónde debía hacerlo? Uno ve muchas películas, ves a las parejas besarse en la televisión, en la calle, en todos lados. Parece tan fácil. Y de hecho lo es. Como descubriría ese día.

Yo sólo me acerque un poquito y ella hizo el resto. Yo me dejé llevar. Me dejé querer.No era tan difícil después de todo. Nos besamos y nos besamos. Era genial. No era la chica de mis sueños pero besaba realmente genial. Y lo mejor de todo era lo que me decía: “¡Besas bien rico!” Supuse que no estaba nada mal para ser la primera vez.

Todo iba bien hasta que tomamos un descanso de los besos y nos abrazamos frente al lago. Justo ahí empezó mi tormento. Sentí unas nauseas horribles. Me contuve lo más que pude. Y cuando no pude más corrí a un sanitario y me vomité. Le dije que quizá todas las golosinas que habíamos comido y el olor que desprendía el lago me habría provocado las nauseas y el vomito. No dijo nada. Continuamos con el paseo. Ella insistía en besarme. Yo me sentía un poco apenado. Me compró unos chicles. Me dijo que no le importaba que hubiera vomitado. Me dijo que estaba enamorada de mí y que me quería por sobre todas las cosas. Es increíble lo que te dicen las chicas cuando están así de niñas y “enamoradas” de ti.

Pasamos un lindo día después de todo. Fue genial, nunca lo olvidaré.

Martha Cecilia y yo no volvimos a salir después de ese día.

Yo conocí a Elizabeth Gomora, también me vomité frente a ella, terminé la escuela secundaría y me fui a estudiar el bachillerato. 

No volví a saber de Martha hasta varios años después. De vez en cuando me la encontraba en la calle y a veces me saludaba. Lo último que supe fue que se casó y tuvo hijos y era toda una ama de casa. Todavía la he llegado a ver pero nunca le he vuelto a hablar. Le he visto pasar con sus tres hijos y su marido.

Después de mi primer beso con Martha conocí a muchas chicas más. Y  con todas ellas tuve el mismo problema. Llegué a sentirme como Yunta Momonari ¿Sería posible que tuviera yo alguna especia de alergia con las mujeres? ¿Era algún efecto secundario?

Supuse que tendría que aprender a vivir con ello. Pasado algún tiempo ya era capaz de controlar mis nauseas y mi vomito, al menos hasta después de que ellas se habían ido. Así, de ese modo ya no podía herirlas, hacerlas sentir mal, ni provocarles que se alejaran de mí.

Llegué a acostumbrarme a ese problema. Con el paso del tiempo no me quedó de otra.

Supuse que así sería por siempre y para siempre, hasta que un día conocí a una chica con la que no tuve este problema. Ella es Marisol y yo me enamoré de ella. Estuvimos juntos unos meses pero durante  ese tiempo jamás tuve nauseas ni esas ganas de vomitar. Creí que ya me había curado. Pero cuando terminamos y volví a salir con otras chicas las nauseas y el vomito volvieron. Pasaron cuatro años desde lo de Marisol y yo seguía vomitando. Imaginé que tal vez con Mary tuve alguna especie de conexión especial, que quizá éramos compatibles en todos los sentidos. Que quizá en ella había una compatibilidad que no volvería a encontrar…

Así fue hasta aquella primavera de 2008 en que conocí a Rocío Liz, aquella mujer que se convertiría en la mujer de mi vida. Nos besamos y fue maravilloso. Y durante todo el tiempo que estuvimos juntos el vomito y las nauseas desaparecieron. La compatibilidad y esa conexión especial aparecieron con la mujer más maravillosa que he tenido la oportunidad de conocer. Desde un principio me enamoré de esa mujer. Todo fue maravilloso. Tenía todas las cualidades de la mujer ideal con la que había soñado siempre. Todas. Y tal vez más. Pero esa… Esa ya es otra historia.

El caso es que Nataly y yo decidimos darnos una segunda oportunidad. Y de verdad me la estaba pasando genial. Excepto porque las nauseas y el vomito volvieron todo o casi todo era genial. Y peor aún: Yo no era capaz de olvidarme de Rocío Liz, no podía dejar de pensar en ella. Me pareció que quizá aún era demasiado pronto. La herida aún sangraba y dolía. Pensé que era cuestión de tiempo. Que lo único que tenía que hacer era dejar que el tiempo hiciera lo suyo. ¿Cuánto tiempo tarda uno en superar una ruptura?

Quería a Nataly. Quería enamorarme de ella. Pero no lo estaba logrando. Cuando creía que las cosas iban bien y que se aproximaba nuestro final feliz… Vomitaba. Y ese vomito me recordaba que no la amaba.

Sólo dos mujeres han superado mi absurda prueba. Sólo de dos mujeres me he enamorado realmente. Sólo a una mujer amado.

Me pareció que estaba siendo demasiado egoísta con Nataly.

¿La prueba del beso existe por algo? ¿Es mera casualidad? ¿Está todo en la mente? ¿Habrá alguien más al que le pase esto?

¿Qué puedo hacer?  

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6 thoughts on “El Regreso de Nataly 9

  1. hay piter,piter…no cabe duda que eres digno de televisa o tv azteca…ya te perdimos!!! pero bueno..la vida es bella…

  2. Me paSa lo mismo, y solo con tres chicas pude superar la prueba, con las otras me pasa exactamente igual que a ti, pero hasta ahora he podido esconderlo y echar la culpa al borracho mas proximo…ejejej ahora ya no me siento el unico y raro a quien le pasa esto

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