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La Docencia Como Actividad Profesional


Hoy desperté pensando en la docencia. Mis sueños de ser maestro. Y tantas cosas más… Ultimamente me la he pasado pensando y pensando acerca de por qué la educación en el país está como está. Uno de los puntales básicos de la educación es el Profesor. Y precisamente,

Acomodando los libros de mi biblioteca en contré uno de Porfirio Moran Oviedo, “La Docencia como Actividad Profesional”, y me puse a echarle una ojeada. Luego lo leí completo. Es extraño, cuando iba a la Universidad era un martirio leer y leer. Y sin embargo Hoy es un placer. Y de lo cual rescato lo siguiente.

Por que a lo largo del tiempo y experiencias vividas, como docente y como alumno, y con las lecturas y autores “leídos” y revisados, he tenido la oportunidad de acercarme y abordar una temática rica y diferenciada acerca de un personaje tan importante y todos hemos sido formados, para bien o para mal, por uno de ellos.

¡El profesor!

Esto es, el rol del profesor, la interacción educativa, las metodologías docentes, las innovaciones, la disciplina y el control en el aula y lo que sería la formación del profesor. En este sentido se da uno cuenta que el maestro no es ya algo estático y fijo, sino dinámico y diferenciado en función de los diferentes procesos de aprendizaje del alumno que tiene que apoyar. Si, digo apoyar porque pienso que un alumno no es una vasija en la que el maestro vierte sus conocimientos, sino otro ser humano con el que se interactúa en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Porque un alumno no debería ser una persona pasiva, receptiva, un educando es una persona activa que esta implicada en su propio proceso de aprendizaje, son los protagonistas del aprendizaje en la medida que construyen su conocimiento. Lo anterior basandome el concepto de Pedagogía Bancaria de Freire.

 

A los maestros se les ha visto, no como son, ni como quisieran ellos ser vistos. Siempre aparecen revestidos de una rancia solemnidad que disfraza sus carencias, o que oculta sus virtudes. Habitualmente todos les creen lo que dicen, o nadie se los cree.

Cosas que tiene la vida…

Como sea, ellos continúan con su práctica. No obstante, como mencionaba en el párrafo anterior, a través de los diferentes analisis he llegado a mirarlos distinto, tal vez debido a que cabe la posibilidad de que en un futuro no muy lejano llegue yo a convertirme en uno de ellos. Eso sería genial. Como sea, he descubierto que bajo toda esa construcción, de esa imagen tradicional que tiene la gente de ellos y de su choro mareador, los maestros son seres de carne y hueso con quienes se puede-y se debe-hablar sin rimbombancias ni acartonamientos, es decir: hablar al chile, como decimos los mexicanos. Dada la magnitud de la problemática que existe en la labor docente y en el proceso de su formación. Hay que tomarse en serio los planteamientos que, por ejemplo, Porfirio Morán Oviedo señala a través de su libro “La Docencia Como Actividad Profesional”

En ese texto, Moran Oviedo destaca, entre muchas otras cosas:

La Problemática de la profesionalización de la docencia, el papel del docente en los procesos didácticos, los procesos formativos y condiciones laborales. Así como las implicaciones de la evaluación, su práctica y sus instrumentos.

 

Respecto la problemática de la profesionalización de la docencia, a la que se hace referencia durante la primera mitad del documento, hay un entramado esbozo histórico que va, cronológicamente, desde los años 60 hasta la actualidad. En el que se enmarcan las diferentes etapas de desarrollo de los programas de formación y capacitación de maestros. Y que, como yo lo veo, aparecían en razón de una necesidad determinada por el contexto histórico de su momento, pero sólo como una especie de paliativo. Sin una propuesta definitiva. Porque “La formación de profesores es un problema complejo que está lejos de ser resuelto”.

 

Hace ya algún tiempo leí El Periquillo Sarniento, y en él, Fernández de Lizardi plasma toda una problemática respecto a la formación docente. Y pensándolo un poquito, si compara uno lo que dice Morán Oviedo y lo que narra el Periquillo, creo que no hay mucha diferencia. Hace falta una profesionalización de la docencia, una buena formación y capacitación permanente, una dignificación de la práctica docente, una buena remuneración económica que posibilite un buen desempeño laboral.

 

Lo que sí me parece increíble es que, El Pensador Mexicano apunta dicha problemática a la formación de profesores hace como dos siglos. Es como si el tiempo se hubiera detenido en México. Y Porfirio Morán Oviedo, 200 años después, viene y nos alerta e informa que las condiciones no han cambiado. Tal vez las formas y los modos lo han hecho pero sigue siendo sin duda la misma gata, nomás que revolcada.

 

Pareciera que a lo largo de los ensayos presentados en el libro puede uno encontrar, no sólo la propuesta del CISE(Centro de Investigaciones Socioeconómicas), sino también una serie de pretextos, más que obstáculos, por los cuales no ha habido un verdadero cambio en las prácticas docentes de nuestro país. Pero en fin, eso es lo que yo pienso, tal vez he hecho una mala lectura.

 

Así pues, podría yo decir, basado en las consideraciones expuestas por Morán Oviedo, que la formación profesional del profesorado requiere combinar la formación general con la especializada, la formación inicial con la formación permanente a lo largo de toda la vida activa y no determinada a unos tiempos y a unos espacios concretos, así como capacitar al profesorado para seguir aprendiendo ante los nuevos modelos de la sociedad emergente. Además de otro elemento importantísimo que es el de la investigación. Porque la investigación educativa y la práctica docente están íntimamente ligadas. Es desde la práctica donde se pueden promover los procesos de reflexión, discusión y experimentación necesarios en cualquier proyecto de investigación. La estrategia formativa que propicia la construcción del conocimiento está ligada a la investigación profesional de los problemas prácticos. En síntesis, la formación profesional del docente debe considerarse como un proceso continuo en el que intervienen tres elementos indisociables y complementarios: formación, investigación y práctica docente.

Acerca de la evaluación de los aprendizajes y sus implicaciones educativas y sociales. Dice Porfirio Morán Oviedo que tradicionalmente se ha concebido y practicado la evaluación escolar como una actividad Terminal del proceso de enseñanza-aprendizaje. Que se le ha adjudicado una posición estática e intrascendente en el proceso didáctico; que se le ha conferido una función mecánica, consistente en aplicar exámenes designar calificaciones al final de los cursos; y que además se le ha utilizado como un arma de intimidación y represión en contra de los alumnos.

 

Si, pienso que es cierto todo lo que dice. En realidad todo el sistema está en función de la evaluación: lo que se evalúa es lo que vale, lo demás no cuenta. Se aprende para aprobar, no para aprender. Las cabezas bien llenas, pero no bien hechas, se vacían durante los periodos de vacaciones —lo sabemos todos—, y ese relleno es favorecido por un sistema de evaluación que premia solo la memorización y la valoración en función de una prueba puntual en la que se demuestra lo que se “sabe”, aunque se olvide al día siguiente. Lo anterior es, quizás, lo que en el texto llama como evaluación con respecto a la NORMA. Así pues, este modelo tiende a homogeneizar, a uniformar al alumnado en cuanto a sus niveles de aprendizaje, ya que aplica la misma prueba a todos, sin diferenciar sus potencialidades iniciales. Ni atiende al que no llega a esa prueba estándar ni deja pasar adelante al que la tiene superada.

 

De esta forma, el alumnado no estereotipado en el modelo establecido queda marginado del sistema, con las graves repercusiones que esto tiene para su vida futura.

La alternativa para este caso es entonces la evaluación referida al criterio. Que presupone evaluar procesos y no solo resultados, por tanto, esta debe incorporarse desde el comienzo del trabajo y servir para ofrecer datos permanentemente acerca del desarrollo del aprendizaje. Con ello, permite favorecer los aprendizajes de modo continuado y personalizado con cada alumno, sin sujetarlo a unos parámetros o a unos niveles iguales para todos. Hace posible graduar el ritmo de enseñanza ajustándolo con el ritmo y estilo de aprendizaje de cada niño o joven. Las diferencias se atienden, también y especialmente, mediante un modelo evaluador que lo permita, que no obligue y constriña el avance de la persona por el establecimiento de una evaluación rígida, uniformadora e igual para todos. Si se quiere atender a la diversidad, no debe utilizarse la evaluación como elemento uniformador de las personas, sino como clave para la diversificación adecuada de los aprendizajes.

 

Porque al fin y al cabo una sigla o un número no dicen nada. Nadie sabe, con esos signos, lo que un alumno sabe o deja de saber. Hay que ser más explícitos para favorecer la autoevaluación del alumnado y su evaluación realmente formativa.

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